Juan Claudio de Ramón

El edicto de la diversidad

«Temo que medidas así, que en su benevolencia buscan curar las heridas que en el pasado produjo la incomprensión del hecho de ser diferente, solo consigan hacernos más conscientes de nuestras diferencias»

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El edicto de la diversidad
Foto: Danny Moloshok| AP Images
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas exigirá estándares de diversidad a las películas candidatas a los Oscar. Para que una cinta opte a un premio se requerirá que al menos «uno de los protagonistas o intérpretes secundarios de cierta relevancia» pertenezcan a un grupo minoritario: hispanos, negros, asiáticos y nativos americanos. Otra opción para que la película sea elegible es que la trama gire en torno a mujeres, grupos raciales o étnicos poco representados, miembros del colectivo LGBTI+ o personas con discapacidad. El protocolo es tan prolijo que es probable dé lugar a micropolémicas sobre su interpretación en años sucesivos, como siempre que se reglamentan con excesivo detalle las pautas sociales. Entre las dudas que surgen está la de saber si la excelente Parásitos, máximo galardón del año pasado, con un elenco graníticamente homogéneo desde el punto de vista étnico (100% coreano), hubiera dejado de ganar el Óscar a la mejor película bajo el nuevo reglamento, so capa de no ser suficientemente inclusiva.

La decisión tiene partidarios y detractores dentro de la industria y de los colectivos a los que busca compensar. Hay quien percibe un nuevo y moralizante Código Hays que yugula la libertad creativa (paradójicamente alentador, dada la regularidad con que Hollywood siguió rodando obras maestras durante su vigencia: la censura aguza el ingenio). Otros creen que la normativa es dúctil y no tiene por qué constreñir los guiones (se prevén modos de cumplir los requisitos de diversidad que no afectan a la historia ni al casting). Más que denigrar o ensalzar la medida, lo que interesa es entender qué nos dice sobre la época. Recordemos que viene poco después de que el comité de empresa del New York Times haya pedido que la plantilla del periódico refleje con fidelidad la composición étnica de la ciudad. Esto es para mí lo significativo. No hace tanto tiempo las políticas de discriminación positiva no se consideraban un fin en sí mismo sino un medio para corregir pertinaces desigualdades de partida que minaban el principio de justicia que todos podían compartir: la necesaria igualdad de oportunidades. Por eso se solía añadir que eran medidas temporales destinadas a desaparecer con el tiempo una vez acometida su función. De un tiempo a esta parte la cláusula de temporalidad no se menciona. La discriminación positiva se defiende ahora por méritos propios merced a un sutil e inadvertido cambio en su finalidad: ya no se trata de corregir una injusticia de origen, sino de lograr una perfecta equivalencia entre la estructura demográfica de una sociedad y cualquier reunión de sus miembros. La filosofía subyacente es la negación de cuanto típico y genérico conforma la experiencia del ser humano: una mujer negra no podría verse representada en la historia de un varón blanco, etc. La sociedad se codifica en estamentos identitarios à l’Ancien Regime; la democracia representativa degenera en democracia corporativa. El mundo es un menú: elige tu cuota.

Por mi parte, temo que medidas así, que en su benevolencia buscan curar las heridas que en el pasado produjo la incomprensión del hecho de ser diferente, solo consigan hacernos más conscientes de nuestras diferencias y excitar los recelos entre los distintos grupos en los que se compartimenta la sociedad. Al fin y al cabo, se nos inculca que no tenemos nada en común y que es prudente desconfiar los unos de los otros. Si nos despistamos, nuestro grupo será discriminado. El edicto de la diversidad podría traer así más discordia que justicia, sin que ni siquiera esté claro que sea necesario (como ha señalado algún crítico, cinco las últimas nueve cintas que han ganado el Oscar a la mejor película ya cumplían, espontáneamente, con las condiciones de inclusión). La evolución cultural se aprecia bien si consideramos que Rosa Parks se peleó para poder sentarse en el mismo asiento que un blanco, no para que hubiera un porcentaje de asientos reservados a cada minoría del país, en exacta proporción a su peso demográfico. Pero claro, nadie se está peleando por poder viajar en autobús.

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