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Educar es educarse

Foto: Green Chameleon | Flickr bajo Licencia Creative Commons

En algún lugar elogia Javier Marías, con su fino oído para las oscilaciones semánticas, la sabiduría con la que la lengua española permite “pasarse de listo” pero no “pasarse de inteligente”. En efecto. Lo listo que uno sea puede acabar siendo un problema, pero de inteligencia nunca se peca por exceso; pertenece a ese tipo de virtudes que Aristóteles llamó dianoéticas, de las que no cabe predicar un justo medio, porque su ejercicio está dirigido a que el alma distinga lo verdadero de lo falso. Y entre lo verdadero y lo falso, no caben medias tintas.

Nuestra época suele pensar en la inteligencia es don o gracia. Algunos tienen la suerte de ser inteligentes y otros no. Gregorio Luri, el tipo de persona que no siente necesidad de dar la razón a su época, opina en cambio que la inteligencia es un rasgo del carácter que puede y debe ser conquistado; el subproducto de dos clases de esfuerzo: el propio y el de ese personaje de cuya guía no cabe prescindir: el maestro. Porque “permanecer recluido en un estrecho reducto intelectual por pereza o desidia de abrir las puertas que nos permiten salir al aire libre es una inmoralidad. Una inmoralidad casi tan grande como negarse a ayudar a alguien que no acierta a girar el pomo de una puerta”. Hay minorías de edad que son culpables, que diría Kant. O, si lo prefieren, Gadamer: educar es educarse.

Luri reúne ahora artículos y conferencias a favor de una educación basada en la emancipación de la inteligencia en un nutritivo volumen El deber moral de ser inteligente (Plataforma Editorial, 2018). Con sus arengas, siempre cariñosas, nunca complacientes, Luri demuestra que se puede ser erudito sin pedantería, incisivo sin irritación. Alguien podría estar tentado de pensar que es un nostálgico de la educación a la antigua, un cascarrabias misoneísta, pero no. Luri es solo un metódico observador de la educación que funciona y la que no, y por ello se permite prudentes reservas hacia modas pedagógicas que a menudo tienen poco de nuevo y mucho de pamema. El falso igualitarismo que encubre una fatal condescendencia hacia alumnos juzgados indignos de cosas mejores, la ambivalencia de la meritocracia, la lenta lectura de los clásicos, la irrenunciable necesidad de evaluar, cómo salir con éxito de una adolescencia, o el valor de una caminata, son algunos de los temas a examen. Omnipresentes en su pensamiento son la importancia crítica de educar la atención y una verdad inconcusa: que, al cabo, no hay alternativa pedagógica al trabajo duro de profesor y alumno, y que “pretender sustituir el esfuerzo con nuestra lástima es miserable”.

Libro útil lo mismo a padres que zagales, aunque a mí no tenía que convencerme. Pocas cosas me siguen gustando tanto como una buena lección magistral, a ser posible con pizarra, si no dogmática, al menos sí revestida de una autoridad intimidante. Recuerdo la irritación que me causaba que un profesor comenzase la clase anunciado, con modestia cómplice, que venía a ofrecerme preguntas y no respuestas. Porque yo quería respuestas, respuestas a los infinitos enigmas de la vida: solo así podría conocer, más tarde, la euforia de cambiar las que me habían dado por otras mejores.

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