THE OBJECTIVE
Paco Segarra

El aborto es un crimen de Estado

«El Estado se ocupó de la cuestión trivial de matar gente pero dejó sabiamente en paz todo el asunto del nacimiento (…)»

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El aborto es un crimen de Estado

«El Estado se ocupó de la cuestión trivial de matar gente pero dejó sabiamente en paz todo el asunto del nacimiento (…)»

«El Estado se ocupó de la cuestión trivial de matar gente pero dejó sabiamente en paz todo el asunto del nacimiento (…) Algunos eugenistas han dado en nuestro tiempo la respuesta maníaca de que la policía debería controlar el matrimonio y el nacimiento igual que controlan el trabajo y la muerte.» Chesterton, cuyas dotes proféticas están fuera de toda duda, vislumbraba hace casi un siglo un futuro de horror en el que no quería creer.

El artículo del que he extraído esta cita prosigue con la tesis de que hombres cuerdos impedirían que el Estado acabase adentrándose en todos y cada uno de los rincones más íntimos de la vida del hombre y de la mujer. Lo vió y acertó. No creyó su propia visión y se equivocó. El Estado moderno, que es el hogar del hombre moderno, ha eximido a sus súbditos de toda responsabilidad personal y les ha privado de toda libertad, porque el hombre y la mujer modernos esperan que el Estado se lo de todo hecho. Luego, como adolescentes mal criados, podrán acusar a ese mismo Estado al que han vendido su alma. Podrán decirle al Estado que salve a los niños que pasan hambre en el mundo mientras ellos, al grito educado y solemne de «mi coño es mío», seguirán condenando a millones de niños a morir antes de nacer y exigirán a ese mismo Estado que sancione por ley la validez del crímen. Para los súbditos del Estado moderno los niños africanos son más niños que los occidentales y las religiones paganas que pretenden revivir son menos religiones que la católica que atacan con odio irracional.

El Papa Francisco recordó ayer a los que más sufren, en particular a los niños: “Suscita horror sólo el pensar en los niños que no podrán ver nunca la luz, víctimas del aborto, o en los que son utilizados como soldados, violentados o asesinados». Esta afirmación tan verdadera sólo obtendrá como respuesta el insulto de los súbditos y la mirada hacia otro lado de ese Estado omnipresente, como si la cosa no fuese con él. Pero el Estado se ha metido hasta el fondo en todo el asunto del nacimiento y debe asumir sus responsabilidades: es culpable directo de un genocidio que no cesa.

 

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