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El aburrimiento creador

El aburrimiento bueno es el de producción propia: el aburrimiento autárquico. Porque acompaña sin quitar la soledad, precisamente

Foto: Nick Casale | Unsplash

Se acaba el verano y casi nada hice de lo que en este tiempo me había propuesto cumplir. Me hacía muchísima ilusión aburrirme. No ha habido manera. Siempre me asaltaba un pasatiempo. Y, con recochineo, me acordaba, encima, de la definición de Ambrose Bierce: «El pasatiempo es un dispositivo para promover la depresión. Ejercicio suave para la debilidad mental». O se me abalanzaba un aburridor, esto es, como dice Millôr Fernandes: «Ese sujeto que tiene un whisky en la mano y nuestra solapa en la otra», literal o con gin tonic en vez del whisky. Y ni siquiera así me aburría, porque recordaba el diagnóstico de Ortega y Gasset de pelmazo: «Individuo que quita la soledad sin darnos compañía», y me divertía por lo bajo, ay, sin ninguna caridad.

El aburrimiento bueno es el de producción propia: el aburrimiento autárquico. Porque acompaña sin quitar la soledad, precisamente. Y, sobre todo, porque abre hueco para el asombro. Lo clavó el poeta Javier Almuzara: «Mirando las nubes/ el hombre se asombra/ y el burro se aburre». Pero el hombre se tiene que aburrir un poco antes, para ponerse a mirar las nubes y qué poco —o nada— las he podido observar estas semanas. Sólo entre ellas puede surgir el rayo —como un rompimiento de gloria— el acierto poético. Véanse estos tres versos a las nubes, precisamente, del último poemario de José Mateos, Un sí menor : “Con lo bien que os talla el aire, / ¿por qué, entonces,/ os corrige a cada instante?” Eso querría yo, corregirme a cada instante, y no que el viento y las ventoleras me arrastren de aquí para allá, sin ton ni son.

En vacaciones el problema se agudiza, es cierto, pero estamos ante uno de los problemas estructurales de la vida contemporánea. La sociedad del ocio, autoinmune y paradójica, jamás nos deja ociosos. Con los niños y los jóvenes es posible que sea todavía peor. A todos, con tantas distracciones, fiestas, series, videojuegos, deportes y reuniones, nos pone muy difícil la creación artística, la reflexión profunda, el autoconocimiento, la imaginación vaporosa, la tamizada intimidad y hasta la observación morosa del enamorado. Sin el aburrimiento previo, que les haga la cama, no hay manera. Chesterton lo avisó con acentos líricos que le evitaron el mal gusto de caer en estos acentos dramáticos con que yo, por culpa del final del verano, lo escribo: «Las aventuras suceden en los días aburridos, y no en los luminosos. Cuando la cuerda de la monotonía se tensa al máximo, entonces vibra en un sonido como una canción».

Confiemos en que acertase Jaime Gil de Biedma cuando sugirió: «Quizá/ quizá tienen razón los días laborales». ¿Seremos capaces de encontrar un poco de aburrimiento al volver al trabajo? Nuestra alma lo necesita como el comer. Para respirar.

Con esto, les dejo; no porque piense que ustedes tienen otras cosas más importantes y/o urgentes que hacer. ¡Dios les libre! Sino porque deseo que aún les sobre un ratito para aburrirse a base de bien.

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