Andrea Mármol

El agarradero de la veintena

Hace dos semanas, cuando comenzaba unas vacaciones de ensueño que acaban con las presentes horas, aplaudía <strong><a href="http://theobjective.com/elsubjetivo/juan-claudio-de-ramon/summertime/">un artículo</a></strong> en estas páginas del ensayista Juan Claudio de Ramón, del que destacaba la atinada certeza de quien atesora y no acumula en vano los años perecederos: “parece como si el verano fuera algo que acontece siempre en el pasado”. Al poco, el autor replicaba a mi comentario: “¡En tu caso no, Andrea! ¡Tú, tan joven que eres, todavía los vives en tiempo presente!”.

Opinión

El agarradero de la veintena
Andrea Mármol

Andrea Mármol

Periodista descreída de las citas y datos. Demodé. De la levedad sabida nace la virtud.

Hace dos semanas, cuando comenzaba unas vacaciones de ensueño que acaban con las presentes horas, aplaudía un artículo en estas páginas del ensayista Juan Claudio de Ramón, del que destacaba la atinada certeza de quien atesora y no acumula en vano los años perecederos: “parece como si el verano fuera algo que acontece siempre en el pasado”. Al poco, el autor replicaba a mi comentario: “¡En tu caso no, Andrea! ¡Tú, tan joven que eres, todavía los vives en tiempo presente!”.

Mantengo preciadas amistades con gentes que pertenecen a una, dos e incluso tres o cuatro quintas anteriores a la mía. Tan innumerables como inconmensurables son las virtudes que para mí conlleva charlar, pasear, reír, beber y padecer con personas que mudaron mucho antes al tiempo emancipado. Que la edad importa tanto como el color del pelo o la orientación sexual en la consecución de la más grande complicidad con alguien no es óbice para que, tras años de fructíferas relaciones del tipo, haya podido constatar que el veinteañero es un sujeto dulcemente condenado a despertar una saludable envidia. Para la que, dicho sea de paso, no ha procurado mérito alguno.

Es incontestable que la más o menos holgada veintena proporciona ventajas en la conversación con el crecido interlocutor. Así, cuando al fenecer de una cena algún amigo saca a colación un antiguo episodio, relacionado con, un poner, el ansiado estreno de Saraband en 2004, el veinteañero sólo puede debatirse entre dos opciones ganadoras: alardear de conocer el film para la posterior admiración de los demás o fingir una calculada mirada pueril a modo de disculpa por la tierna ignorancia que sin duda conmoverá al público adulto. ¡Parece como si los veinte años le situaran a uno sin remedio a la cabeza en cualquier carrera!

Sin embargo, lejos de complacerse con ello, el veinteañero se sabe lo suficiente alejado de la adolescencia para atrincherarse en su cálido regazo y al tiempo se percibe como un adulto a medio terminar. Se encuentra en una especie de agarradero entre dos aguas, al que se aferra en lo que dura la espera de ese alivio que es el paso tiempo, que ha de servir para llevarse tantas dudas y temores. Y entonces el presente no es más que un constante mirar al futuro.

Cuando leí el comentario del amigo Juan Cluadio pensé que definitivamente es cumplida la treintena cuando se logra vivir en presente. Lo presiento en conversación con esos amigos que tantas enseñanzas y consuelo me aportan, como si sus palabras fueran el tráiler de una película que está uno obligado a ver, con imágenes escogidas con cariño y premeditación, animándome a darle al play. Como si me hablasen desde un pozo al que da miedo siquiera asomarse, allí donde, a gusto con lo irresoluble de la vida, pueden hacer suya aquella famosa sentencia de Paul Nizan: “Tenía veinte años. No dejaré que nadie diga que es la edad más bella de la vida”.

 

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