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El ala oeste de la Puerta del Sol

Foto: CRISTINA QUICLER | AFP

Ayer empecé una nueva serie de abogados made in USA titulada For the people (Por el pueblo). El título ya da todas las pistas. La cosa va de unos jovencísimos y preparadísimos abogados y fiscales de Nueva York que se incorporan al mítico juzgado federal donde fueron condenados los Rosenberg, apodado “The mother court”. Allí llegan los casos más épicos del estado, con lo que imagínense el proceso de selección y la brillantez de estos chavales para alcanzar semejante sueño. La cosa empieza con todos ellos jurando la Constitución americana y después, unos se incorporan al turno de oficio y otros a la fiscalía del estado. Aunque ya estoy muy mayor para este tipo de series tan, tan, tan idealistas, en las que los aguerridos y preparadísimos letrados sueltan épicos discursos sobre la libertad de expresión y el modo de vida americano, quise probar a ver. Ya me había leído todos los nuevos giros del mástergatecifuentino y necesitaba ficción fresca a la que hincarle el diente.

Efectivamente, la serie es todo lo que uno podría esperar de su título: “for the people”. La cosa va de los dimes y diretes de estos muchachos, que unos son novios de otros, que otros quieren ser novios de unos terceros, que defienden y acusan a un supuesto terrorista árabe que en realidad es buen chico, pero quiso volarle la cabeza a la estatua de la libertad o a un nazi con la cara llena de esvásticas que es acusado de disparar contra una senadora en un evento, pero que gracias a la labor del guionista, acaba siendo ese símbolo por el que todos estamos dispuestos a partirnos el pecho si amamos la libertad y la presunción de inocencia. La mejor y más americana ficción es esta, la del nazi, porque su abogado es -he aquí el conflicto- un hijo de humildes inmigrantes egipcios que han logrado darle carrera a su brillante muchacho a base de honrado esfuerzo. Al principio, el muchacho no quiere defender a este tipejo, que le odia por el color de su piel, pero claro, el personaje gira -los buenos personajes siempre han de girar, según el manual del guionista fetén- y el abogado decide que su trabajo consiste, precisamente, en darle la misma presunción de inocencia que a cualquiera que pasara por allí, pues esta es una serie de emociones, de discursos de “acción de gracias” con himno subliminal, banderas y la manos al pecho. No sé cuál es nuestro equivalente en España a tanta emoción patriótica. Quizá las procesiones de Semana Santa.

Mientras disfrutaba de las disquisiciones que me provocaba esta serie -de buena factura, de guapos y solventes actores, enganchadiza y llena de clichés bien disfrazados por la pluma de muy solventes profesionales- analizaba yo todo lo que está pasando a nuestro alrededor con el máster de Cifuentes. Me decía: mi visión de Estados Unidos es una ficción construida a base de series como El Ala Oeste de la Casa Blanca, Canción Triste de Hill Street, Falcon Crest o CSI. Si yo fuera a los Estados Unidos a vivir, es posible que no pudiera soportar la realidad. Porque la realidad mata, pero más aún, cuando una ha sido moldeada desde la más tierna infancia por los guionistas de miles de series y de películas que nos transmitían -colonizando nuestro gusto y nuestras almas cinéfilas- un ideal que no se corresponde, que no se puede corresponder con nada auténtico y que sin nosotros quererlo, marcan muchos de nuestros sentimientos, luchas y discursos.

Hoy, una buena amiga decía en las redes “The Master, qué gran novela”. Todos le respondíamos que estábamos enganchadísimos a cada información sobre las actas falsificadas, los másteres que se cursan sin ir a clase o examinarse, las asignaturas que se convalidan con más firmas falsificadas aún, todo ello aderezado con el humor de las redes, que es la gracia del pueblo español -pocos chistes más estupendos como el que leí el otro día en twitter: “tienes el máster suspenso con un insuCIFUENTE”-. El Master, la novela, se ha convertido en otros géneros y estilos, también. La comparecencia de los políticos en la asamblea de la Comunidad de Madrid, televisada en directo, fue digna del festival de teatro de Mérida. Yo me tragué ese pleno como si fuera la mejor serie de Aaron Sorkin. con momentos americanos que parecen sacados de la pluma de Toby Ziegler, como esa frase de Gabilondo: “la mejor forma de defender la universidad es atacando a los que la corrompen”. Y qué me dicen del: “porque usted es una mujer honrada”, repetido como cadencia in crescendo, a lo largo de un discurso fuerte y ensayado, por la portavoz de Podemos. ¿Y Cifuentes, tremenda, con sus mentiras dichas con empuje, imbuida por el papel de la víctima que está siendo derrocada por maquiavélico partidismo? ¿Para quién actúa? Solo para sus votantes, porque al resto de los madrileños nos ha sacado de la ficción. No te creímos, lo siento. Al día siguiente todos lo comentábamos. Así, tenemos humor, teatro, series y para completar, llega el blockbuster de Spielberg, con ese fabuloso vengador, el “profesor P”, un garganta profunda a la española, convertido por la prensa en más personaje de thriller que persona, más ficción que realidad, con sus entrecomillados jactanciosos y su vendetta y su milimetrada actuación, inspirada en el “Informe Pelícano”.

Graham Greene, Spielberg, Aaron Sorkin, y todos sus antecesores son hoy influencia absoluta de políticos, periodistas, profesores o abogados. Cómo se nota que la generación que hoy escribe los discursos ya nació con la televisión encendida. Lo malo es que nosotros, los tiernos espectadores, no logramos cambiar de canal con el voto y aunque lo lográramos, poca variedad tenemos para elegir.

La televisión y el cine han colonizado todos los ámbitos de la realidad y todo lo que es verdad se convierte en escena de una película o fragmento de una novela, al filtrarse por la mirada del que escribe el discurso, el que lanza el titular o el que se inventa el expediente académico. Por eso, esta polémica de noticias y desmentidos, de indagaciones y venganzas, no la ganará la ley, ni la verdad, siquiera, sino el mejor guionista y al final, todo será como era, porque la realidad es, y ha sido siempre, el mejor género de la ficción.

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