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El amor es una construcción burguesa

Cantan los Pet Shop Boys: “El amor es una construcción burguesa, así que dejo la burguesía”. Algo parecido les ha sucedido a los asistentes del festival Burning Man, que de repente han descubierto con decepción que su gran evento de solidaridad, amor y música no era un encuentro popular y humilde, sino una enorme convención burguesa y capitalista que dura siete días al año.

Los airados revoltosos han vengado el espíritu traicionado del festival con actos vandálicos perpetrados contra el campamento donde se alojaban los asistentes más pudientes, como Paris Hilton o Cara Delevingne. No sabemos si el pecado es haberse pasado de burguesas o no haber alcanzado el estándar de la burguesía ilustrada que se siente propietaria moral y legítima del festival.

El Burning Man se celebra durante una semana al año en Black Rock, una ciudad-desierto del estado de Nevada que solo existe mientras tiene lugar el evento. Así, la ciudad es una construcción burguesa temporal, para la que, claro, no hay ordenamiento jurídico ni sistema judicial. Como en la Ciudad sin Nombre que daba título a la película, las normas se dictan por antojo o conveniencia, con su consecuente resultado turbulento.

El amor, los festivales, las ciudades y las leyes son construcciones burguesas. Pero los frustrados asistentes del Burning Man no se marcharán para siempre. Regresarán el próximo año, tan pronto como se anuncie el festival. Al fin y al cabo, como cantan los Pet Shop Boys: “El amor es una construcción burguesa, así que dejo la burguesía. Hasta que vuelvas a mí”.

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