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El amor sórdido de Salinger

J. D. Salinger tenía 30 años “pelados, acababa de salir de la veintena” cuando conoció a Jean Miller en la piscina de un hotel de Daytona Beach.

—Estaba leyendo ‘Cumbres borrascosas’ y un hombre vino a decirme: “¿Cómo está Heathcliff? ¿Cómo está Heathcliff?” —dice Miller en ‘Salinger’, la biografía que firman David Shields y Shane Salerno—. Me lo dijo no sé cuantas veces. […] Por fin me volví hacia él y le dije: “Heathcliff tiene problemas”.

Miller dejó el libro a un lado y comenzó a hablar con Salinger.

—Me contó que era escritor, que había publicado uno relatos en el ‘New Yorker’ y que él pensaba que era lo mas grande que había hecho nunca. Nos quedamos allí charlando y por fin me preguntó qué edad tenía yo, y le dije que 14. Me acuerdo claramente de la mueca que hizo.

Así comenzó una relación que se prolongó cinco años, de la que quedan los recuerdos de Miller y las cartas que se escribieron. En ellas, Salinger expresaba sus preocupaciones durante la escritura de ‘El guardián entre el centeno’, comentaba lo decepcionado que estaba con casi todos los editores y hablaba de sus anteriores parejas.

—De la guerra no me habló para nada.

El escritor nacido en Nueva York desembarcó en Normandía y participó en la liberación del campo de concentración de Dachau. Salió de la guerra quebrado como hombre, pero convertido en un artista. Sin estas experiencias no se entiende la profundidad de su obra, tan escasa y sin embargo tan influyente. No solo por los más de 65 millones de ejemplares que vendió del ‘Guardián’, sino también por la influencia que tuvieron los cuentos que de tanto en tanto iba publicando en ‘The New Yorker’. La repercusión de ‘Franny’ solo es comparable a la de otros hitos como ‘Hiroshima’ o ‘A sangre fría’. ‘Para Esmé, con amor y sordidez’ es uno de los mejores relatos inspirados en la Segunda Guerra Mundial.

‘Esmé’ narra el encuentro entre una niña de 13 años y un joven soldado destinado en Inglaterra, donde se prepara para el asalto de Normandía. En un momento de ocio él se cuela en el ensayo de un coro de niños y se fijó en ella: “Dos veces, entre una estrofa y otra, la vi bostezar. Era un bostezo de dama, con la boca cerrada, pero uno no podía equivocarse: las aletas de la nariz la delataban”. Después del ensayo ambos se encuentran en un salón de té y allí mantienen una sugerente conversación. Salinger escribe que ella llevaba puesto un «enorme reloj de pulsera». Es un relato sórdido, como lo era el trato de Salinger con las adolescentes.

—Jerry te escuchaba como si fueras la persona más importante del mundo —recuerda Miller—. Jerry me contó que, la primera vez que me había visto, yo estaba hablando con una persona mayor y bostecé, pero contuve el bostezo.

Miller siguió tratando a Salinger después del éxito del ‘Guardián’, y lo visitaba en su casa de New Hampshire, donde el escritor intentó huir de la fama.

—No se volvió un ermitaño. Simplemente no quería estar con escritores —dice Miller. A veces salían juntos por la noche. Una vez fueron a tomar unas copas a casa de unos amigos de Salinger—. Me acuerdo muy bien porque me cayeron de maravilla los dos. Yo tenía un relojito de pulsera que me había regalado mi abuela. Era de Tiffany y yo siempre lo estaba perdiendo.

Para Salinger su trabajo estaba por delante de todo. “Su obra se la ordenaba Dios. Había venido a este mundo para escribir”, dice Miller, y ella terminó convirtiéndose en una distracción. Por eso se acabó aquel idilio, una “relación sin género” en la que no hubo sexo, y casi fortuito, hasta el final: “Éramos amigos. Éramos colegas”.

Según el autor de la biografía, Salinger repitió toda su vida la misma pauta de comportamiento: inocencia admirada, inocencia seducida e inocencia abandonada. “Estaba obsesionado con las chicas al borde de la pubertad. Primero quería ayudarlas a florecer y luego necesitaba culparlas por haberlas florecido”, dice Shields. Y todo dejaba rastro en su escritura.

—Además de las cartas que conservo de él —recuerda Miller—, hay una cosa que siempre me servirá de recuerdo de aquella época tan especial y ya lejana; me refiero al maravilloso relato de Jerry ‘Para Esmé, con amor y sordidez’. Me dijo que no lo habría podido escribir de no ser por mí.

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