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El aroma salvaje

A mediados de los años veinte, en un artículo para el Frankfurter Zeitung, el escritor Joseph Roth observaba que la vieja Rusia zarista había llegado a Europa con sus exiliados mucho antes de que “ninguno de nosotros hubiera visitado la nueva Rusia”. Roth no romantizaba al respecto. En su juventud había coqueteado con el comunismo y conocía a la perfección el rostro engañoso de la utopía. Por aquellos años, Roth ya era el periodista mejor pagado de Alemania –y lo fue durante algún tiempo–, un novelista de prestigio incipiente y un hombre que empezaba a mostrar signos de depresión. Su pesimismo distaba entonces de ser apocalíptico, aunque sabía que, tras la destrucción del Imperio Austrohúngaro, el futuro de los judíos no iba a ser fácil.

En sus crónicas para la prensa alemana, anotaba con lucidez de poeta los cambios atmosféricos que percibía en la sociedad europea: el crecimiento irrefrenable de los populismos, el nacionalismo rabioso que sustituía al espíritu patriótico, la esvástica que ondeaba en un lujoso balneario del Báltico, las banderas rojas, la infiltración de la policía secreta en la Italia fascista, el aluvión de émigrés –esas miradas definidas por la nostalgia de la pérdida y por el sufrimiento, que acaban convirtiéndose en un cliché manoseado por los políticos–.

Leo estos días a Roth con el periódico sobre la mesa. Los nombres se intercambian: los de ayer y los de hoy. En media Europa crecen los movimientos populistas y los discursos xenófobos se afianzan. El pánico de las cancillerías se traduce en un pacto con Turquía para frenar la presión migratoria que llega a través de los corredores balcánicos. Los sirios, los iraquíes, los afganos o los libios que entran en Europa como refugiados “traen consigo –son palabras de Joseph Roth, años 20– el aroma salvaje de su patria, la pobreza y la sangre”.  Por supuesto, el pasado ilustra el presente. Aunque no lo explique. No del todo, quiero decir.

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