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El artista de la política

Cuarenta días necesitó el líder de Podemos para plantar su cara en las papeletas de las elecciones europeas de 2014 y cambiarlo todo en la política española

Foto: Ballesteros | EFE
«En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros tiempos –escribe Kafka en Un artista del hambre–. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador». Eran otros tiempos cuando toda la ciudad se ocupaba del artista de la política. Aquello sí que era un espectáculo. Pablo Iglesias aparecía en las tertulias y millones de personas se congregaban al otro lado de la pantalla.
Cuarenta días. Ese era el plazo máximo de ayuno que le fijaban los empresarios al ayunador de Kafka: «Durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueron concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo». Cuarenta días necesitó el líder de Podemos para plantar su cara en las papeletas de las elecciones europeas de 2014 y cambiarlo todo en la política española. 
«¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días?». En otros cuarenta días el artista de la política preparó su salto a todo el territorio nacional en unas elecciones autonómicas y municipales que llevaron el «cambio» –así lo llamaban– a las principales ciudades del país. Cada vez que terminaba la exhibición, el público aplaudía entusiasmado y sonaban los acordes de la banda militar. «Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno?». Así que Podemos dejó la televisión, preparó con la «Marcha del Cambio» su último gran espectáculo en las calles  y se preparó para entrar en el Congreso. Ah, el «sorpasso». En las elecciones generales de 2015 a punto estuvo Podemos de superar al PSOE.
¿Por qué detenerse? «¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no solo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sería límite alguno a su capacidad de ayunar?». A Iglesias no le importó ir a nuevas elecciones. Ahora sí que podría someter al PSOE. Como el ayunador de Kafka, «cortado por periódicos descansos», Iglesias vivía «en una situación de aparente esplendor». Pero tampoco lo consiguió. Ya avisaba el empresario que dirigía al ayunador de que, pasado el plazo de cuarenta días, el público se negaba a visitarle y disminuía el crédito del artista del hambre.
Empujaron al PSOE a la abstención, gobernó Rajoy y «cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos». Por ahí se había colado Ciudadanos y Sánchez empezaba a resucitar al PSOE. «Había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre». ¿Qué debía hacer el artista de la política? «¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no solo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre».
El ayunador, Iglesias, se hizo contratar en el circo, «aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente», y validó la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez, el del «sorpasso» frustrado, a La Moncloa. En la triple convocatoria electoral de hace unos meses Podemos siguió cayendo. En su empeño por explicarle a todos en qué consistía «el arte del ayuno», Iglesias se había quedado sin público y sin todos aquellos jóvenes brillantes que lo acompañaban cuando comenzó el espectáculo de la política.
Cierto día, un ocioso miró hacia la jaula del ayunador y «habló de engañifa y de estafa». A los votantes ahora les gustaba más el circo protagonizado por Sánchez. «¿Ayunas todavía?», le preguntaban al artista de la política se negaba a apoyar un gobierno liderado por el PSOE. «¿Cuándo vas a cesar de una vez?», le insistían a Iglesias, firme en su exigencia de entrar en un gobierno de coalición para darle su «sí» a Sánchez.
El ayunador de Kafka también hacía tiempo que había superado la barrera de los cuarenta días antes de decir sus últimas palabras: «No pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos». Después murió. En su jaula pusieron una pantera joven. Daba gusto ver cómo se revolcaba y saltaba.

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