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El asombroso fenómeno de la literatura inglesa

Foto: John Rider-Rider | AP

En el campo literario no suelen producirse milagros (lo que es una lástima), pero abundan los fenómenos asombrosos. Cada uno tendrá sus favoritos, el mío va variando según los meses: ¿el fenómeno de la poesía polaca? ¿el surgimiento de la novela rusa? ¿la efervescencia de pensamiento que inundó Francia los años previos a la revolución? ¿Goethe? Pero en toda esta fluctuación siempre encuentro una constante de asombro y maravilla: el espacio literario británico que empieza a gestarse tras la coronación de la reina Isabel y que no deja de adensarse y al mismo tiempo de volverse más y más sutil hasta bien entrado en siglo XX; la constatación de que no solo cada década de este periodo ha contado por lo menos con dos novelistas extraordinarios (algo ya de por sí complicado de conseguir) sino un insólito “nivel medio”, que destaca por su abundancia y su originalidad. Pensemos en escritores como E. M. Forster, Orwell, Drabble, R. Hughes, Waugh… todos ellos muy leídos en su tiempo, reeditados o recuperados en nuestro país con éxito… Y que escriben de espaldas a los lugares comunes y a los discursos ya conocidos. ¿De dónde sacaban tanto atrevimiento? ¿Cómo les podía ir bien?

No sé cómo organizarán ustedes sus lecturas, pero desde hace unos años combino el capricho y los planes más o menos estructurados con lecturas relacionadas con los libros que edito. De manera que el año pasado me pasé bastantes horas enfrascado en las conferencias sobre libros que E. M. Forster impartió en la radio de la BBC a lo largo de casi 30 años. Esta prolongada exposición a los méritos “sociales” de Forster me ha dado tiempo suficiente para estructurar mi asombro, o dicho de otra manera: de pensar cómo llegó a cohesionarse la comunidad de sus lectores; porque no es otra cosa lo que estoy señalando: una comunidad de lectores cómplice que permitía sostener las audacias de los novelistas. Un apunte más: me centro en los novelistas pues es un género que aplica (a menudo en tensión) el instrumento de comprensión civil (la prosa) a los universos incontrolables de la fantasía (la ficción).

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El escritor británico George Orwell. | Foto: AP

El lector no debe cortarse si en algún momento le tienta comparar esta situación con nuestro campo literario: es el auténtico objetivo apenas disimulado de este artículo.

En primer lugar encontramos el enorme respeto con el que la crítica británica (que suele ser la avanzadilla o la premonición de lo que piensan los escritores) trata a sus lectores. No les considera personas de menor inteligencia, ni pretende tutelarles ni les ignora para hablar entre entendidos. Se les considera personas con un equipaje moral, intelectual y de sensibilidad idéntico al del crítico, que si bien no han convertido la lectura en el centro de su vida (sino una ocupación más entre otras), llegado el momento podrán extraer sus propias conclusiones. Fue esta confianza en la “clase media” lectora lo que permitió ampliar tanto el campo de interesados en una narrativa atrevidísima: sencillamente no se ha intentado restringir el espacio de antemano, no se ha expulsado a nadie, cualquier ciudadano está invitado al baile.

La confianza en la “clase media” lectora permitió ampliar el campo de interesados en una narrativa atrevidísima

En segundo lugar la literatura inglesa no está confinada en el terreno de los especialistas. La jerga académica no ha corrompido la conversación libresca, y si un reseñista pretendiese ocupar su espacio a dilucidar si una novela se ajusta a las ideas de su departamento sobre el estilo, la poética o a alguna etiqueta de moda le tomarían por un majadero. Al no estar encapsulada en los intereses de la “disciplina”, la literatura es un elemento más en el juego de la vida, en contacto y discusión permanente con el resto, como demuestran todas y cada una de las páginas críticas que escribieron Forster o Auden, o que están escribiendo ahora mismo Z. Smith o M. Amis.

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La escritora Zadie Smith. | Foto: David McFadden | AP

En tercer lugar la imaginación de los novelistas ingleses está apoyada por una concepción abierta de su herramienta de trabajo: el idioma. Desde Chaucer en adelante los diccionarios ingleses han ido siempre dos pasos por detrás de los escritores, con un ánimo más descriptivo que prescriptivo. Se ha impuesto una noción de idioma como una suerte de fluido vivo que podía absorber los logros de otros idiomas, soportar los deliciosos tormentos a los que lo sometían los escritores irlandeses y extenderse para abarcar los registros más distantes (a veces en una misma páginas), sin perder su identidad. Que los diccionarios británicos pasen por ser los mejores del mundo quizás también merecería una reflexión.

Desde Chaucer, los diccionarios ingleses han tenido siempre un ánimo más descriptivo que prescriptivo

En cuarto lugar (y prometo no extenderme más que para ser un texto tentativo estoy a punto de incurrir en el abuso), sorprende constatar la escasa fuerza de los grupos, las poéticas conjuntas o los manifiestos. Los intelectuales se reúnen, los novelistas se agrupan y los poetas forman movimientos, pero enseguida bromean sobre la reunión, desmienten las poéticas o empiezan a escribir en sentido contrario a sus declaraciones, y parecen incapaces de dejar de admirar a quienes progresan en otra dirección. No puede decirse que cada escritor inglés es una isla (al contrario, de lo que disfruta es de una red comunitaria insólita), pero sí que cultiva o se le permite cultivar su personalidad. El efecto beneficioso sobre las letras es inmediato, ningún crítico inglés se expondría a defender un libro a priori porque se cumple con los requisitos de una poética o exhibe las marcas de grupo. Las novelas se defienden por sus propios méritos, ¡y de una en una! La vertiente positiva de todo esto es el enorme margen que le queda al novelista para inventar y experimentar ante un público que no espera seguidismo y obediencia sino inventiva y audacia. Y eso es lo que obtuvieron. Qué edificantes son las historias con un final feliz.

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