Beatriz Manjón

El beneficio de la duda

«Las opiniones son como los colchones, cuando dejan de ser firmes hay que cambiarlas, pero existen cabezas tan estrechas que no tienen espacio para hacerlo»

Opinión

El beneficio de la duda
Foto: Fernando Souza| Pool Moncloa
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Cuenta la leyenda familiar que de niña me dedicaba a tirar pulseras, pendientes y collares por la ventana, como una Carmen Polo arrepentida; y que, otros días, abandonaba mi cruzada contra lo frívolo y me emperraba en arrojar a la calle libros, que jamás supe si dañaron a algún viandante. A ver si era aquello el cacareado impacto de la lectura… Estas contradicciones me han acompañado desde pequeña, aunque ya no lanzo nada por la ventana; ni siquiera, con tanto confinamiento, a mi marido.

Es de buena educación masticar con la mente abierta, rumiar abriendo de par en par el pensamiento; airear las ideas aun a riesgo de que entre un moscardón a llevarles la contraria, y se quiera acabar con él a lo Walter White. A veces el zumbido es tan persuasivo que termina por acomodarse en la cama caliente de algún criterio. Las opiniones son como los colchones, cuando dejan de ser firmes hay que cambiarlas, pero existen cabezas tan estrechas que no tienen espacio para hacerlo. Habría que derribar el tabique de algún prejuicio, mas no esperen, ay, el día del prejuicio final.

Variar de impresión no implica ser incongruente, puede ser un ejercicio de coherencia con una realidad voluble. «No hay principios, sino circunstancias», le dice Vautrin a Rastignac en Papá Goriot: «Un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión es un hombre que tiene la molestia de tener que ir siempre en línea recta, un imbécil que cree en la infalibilidad». La mala fama del cambio de opinión viene de confundirlo con el chaqueteo, que es anteponer los intereses a las ideas, trocando de juicio según convenga, o aparentando hacerlo. El pancismo lo describió genialmente Jaime Campmany en este soneto para Emilio Romero, entonces director del diario Pueblo:

Conservador tenaz, progre fecundo,

anteayer liberal, hoy socialista,

mañana reaccionario en un momento.

Emilio: cuando dejes este mundo,

no habrá perdido España un periodista.

¡España habrá perdido un Parlamento!

Todo camaleón es según el color del pagador con que se mire, pero mudar de parecer es otro cantar: no se trata de fabricarse un criterio que combine con la conveniencia del momento, sino de admitir la posibilidad de una idea más acertada, más sustancial o más convincente, de estar dispuesto a provocar, no sin antes haberse provocado. La duda es el hilo dental del pensamiento: no cabe duda de que cabe en cualquier lado. Y esta misión higiénica contra todo resto de obcecación alienta la tolerancia.

Hoy, acostumbrados a convidarnos con rondas de certezas en la barra de las redes sociales, la duda no solo ofende, también sorprende. Pero ya en 1765, Voltaire le preguntaba a Étienne-Nöel Damilaville: «¿Conocéis este refrán español que reza: “de las cosas más seguras, la más segura es dudar”?». De haberlo sabido, algunos expertos, gobernantes y líderes mediáticos no habrían menospreciado con arrogancia la amenaza de la pandemia hace un año. Hay que dudar con convicción, no vaya a ser que las certezas se nos suban a la cabeza.

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