Gemma Bargues

El calendario de los sueños

Malditas sean estas cifras, porque siguen engordando sin control y porque siguen siendo solo eso, cifras que reflejan una realidad cada vez más alejada de lo que las mujeres turcas, indias, y de cualquier parte del mundo, merecen.

Opinión

El calendario de los sueños
Gemma Bargues

Gemma Bargues

Periodista. Responsable de Proyectos en Connect-U. Imposible vivir sin pedalear.

Malditas sean estas cifras, porque siguen engordando sin control y porque siguen siendo solo eso, cifras que reflejan una realidad cada vez más alejada de lo que las mujeres turcas, indias, y de cualquier parte del mundo, merecen.

Imagina que, por casualidades del destino, has nacido en un país como la India donde la igualdad de género es pura utopía. Pero seré más gráfica: imagina que eres mujer (no importa la edad) y que por una simple riña con tu cónyuge, éste decide rociarte la cara con ácido sulfúrico. Sin más motivo que su voluntad y convencido de que mereces lucir un rostro desfigurado, por desobediente.

Ahora deja de imaginar porque ésta es la realidad que les ha tocado vivir a las 11 mujeres de Nueva Delhi (India) que han protagonizado “Bello”, un calendario presentado por la ONG Stop Acid Attacks (Parad los ataques de ácido) con motivo del Día Internacional de la Mujer.

Ellas, que ni son modelos ni actrices de Hollywood, han querido posar ejerciendo las profesiones con las que soñaban antes de que alguien destrozara sus vidas. Pero, ¿acaso unas marcas de ácido en sus rostros tienen derecho a aplastar sus ilusiones?

Son bellas, únicas y valientes. Y no lo digo yo, sino ellas mismas, que se consideran luchadoras en lugar de víctimas y cuya intención es gritar al mundo que la belleza está en el interior, esto que para ti no es más que un típico tópico.

Sonia, de 30 años, es la protagonista de nuestra imagen, es maquilladora y en 2004 fue atacada por un vecino tras una disputa. Geeta, cocinera, fue rociada con ácido por su marido, el mismo que acabó con la vida de su bebé de pocos meses y dejó ciega a su otra hija, Neetu, cantante. 

Rostros de lucha que me recuerdan a las miles de mujeres turcas que, en señal de protesta por el asesinato de la joven estudiante Özgecan Aslan, se manifestaron en las redes sociales con selfies, vestidas de negro y a cara descubierta, sin miedos. Las primeras, quizás ni conozcan el término selfie, pero su afán por acabar con la violencia machista es tan incansable como fue el de las segundas. 

“Tu alma tiene que ser buena; el rostro no importa,” dice Ritu, otra de las protagonistas del calendario. ¿Dónde quedaron las almas buenas, no ya de los propios agresores, sino de los políticos que tienen el poder de acabar con la violencia machista? 

La supuesta islamización de Turquía no es más que eso, un supuesto por el que miles de mujeres turcas seguirán soñando con su libertad; la joven Özgecan Aslan ni siquiera pudo seguir soñando. En la India, la Corte Suprema aprobó en 2013 leyes dirigidas a controlar las ventas libres de ácido; ¿la realidad? El ácido es cada vez más accesible -solo cuesta unas 30 rupias (0,45 euros)- y, a nivel mundial, alrededor de 1500 personas en 20 países son atacadas anualmente con ácido, de las cuales un 80% son mujeres.

Malditas sean estas cifras, porque siguen engordando sin control y porque siguen siendo solo eso, cifras que reflejan una realidad cada vez más alejada de lo que las mujeres turcas, indias, y de cualquier parte del mundo, merecen. 

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