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El cansancio

Desde las 6 de la mañana, el maldito Proceso atruena en la radio. La prensa de papel digitalizada es un festín de expertos leguleyos que ni tan siquiera han pisado un aula de Derecho. Parece ser que la tele también anda a tope con el asunto pero poco puedo decir porque carezco de televisor y solo veo las secuencias que circulan por las redes sociales. A primera hora de la tarde del lunes ya he visto suficientes insultos, agresiones y quema de contenedores como para cortarme en seco la digestión. Y puede que las venas.

Del cabreo al cansancio. Así las cosas después de cinco años de ridículo y grotesca tragicomedia. Un cansancio absoluto, rayano en la náusea. El desprecio fatigado hacia la total irresponsabilidad de unos políticos que, ante el cerco de la corrupción y las consecuencias de la crisis económica, decidieron envolverse en el trapo y liarla parda. De aquellos polvos, estos lodos, y hoy asistimos a la triste constatación de que la revolución sonriente era más bien una mueca siniestra y desagradable. Ayer lo vimos en Barcelona, escenario indeseado una vez más de unas protestas que no deberían ir con la ciudad. Una ciudad que debería estar muy por encima de manifestaciones identitarias de vuelo gallináceo. Y desgraciadamente pagaremos factura por ello.

Si nunca consiguieron mi simpatía ni mi comprensión, los separatistas han logrado mi hartazgo definitivo. Sirvan estas líneas como última referencia a un ‘problema’ enquistado cuya solución creo muy complicada y desconozco cómo se alcanzará. Dejo a los tertulianos que cobran por desfacer entuertos, a los columnistas aguerridos y visionarios, a los gritones comentaristas de interminables debates catódicos y a la inefable Pilar Rahola, la cosa del Proceso.

Instalados en la primavera, las cálidas horas bien merecen causas mejores. Por cuatro días que nos quedan, escribamos mejor de asuntos agradables y que valgan la pena. Prometo dentro de quince días hablarles de la suave lencería femenina.

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