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El cielo son los otros

"Apenas seis meses han bastado para sentir que esa calle era nuestra casa, rodeados como hemos estado de tanta bondad, de la que ha acendrado el sufrimiento, la que, admirada, nos recompone y reconcilia con el mundo"

Foto: Blake Wheeler | Unsplash

Los últimos meses, lo primeros de nuestra vida bajo el mismo techo, B y yo hemos habitado una calle cuyas gentes merecen, ahora que nos mudamos, un pequeño homenaje. A ellos van este artículo –aunque jamás lo lean–, con la esperanza de que quien nos reemplace en esta pequeña casita los disfrute como hemos tenido la dicha de hacerlo nosotros.

Como en toda llegada, las primeras semanas fueron un juego de signos: de la manera que pudimos y supimos, B y yo fuimos interpretando los gestos de unos y otros. Y como hijos de la modernidad desconfiada que somos, en muchas ocasiones nos acercamos a los hechos sospechando: “Ese coche lo han aparcado ahí para molestar” o “están cuchicheando sobre nosotros”. Pero, ¿hay gusto mayor en la vida que el de haber pensado mal sobre alguien y descubrir que estabas equivocado y que en realidad esa maldad patente era solo la pátina grisácea y pegajosa de tu propia mirada?

María Victoria fue la primera a la que tuvimos ocasión de conocer. Había sido maestra de escuela y era la propietaria del garaje en el que, por un acuerdo con nuestra casera, nos correspondía aparcar el coche. Nada más llegar quiso enseñarnos su casa, advirtiéndonos ya desde la puerta, de la humildad en la que estábamos a punto de adentrarnos. El salón, vestido de visillos de ganchillo, rezumaba nostalgia: la de una de sus hijas que vivía en Perú y venía solo para las fiestas grandes, pero sobre todo, la de una alegría que, se intuía, debía haberse truncado en algún momento. Enseguida nos dimos cuenta de que María Victoria tenía esculpido el dolor en los ojos. Y no tardó en confesarnos que el cincel no era otro que el Alzheimer de su marido. “Por la mañana lo recogen y va a un centro de día, así yo puedo ocuparme de los recados”, dijo como pidiendo perdón previendo que a la mañana siguiente encontraríamos la furgoneta esperando en su puerta. El garaje conservaba todas las herramientas que cada fin de semana, quién sabe cuánto tiempo atrás, debieron curtir las manos del marido de María Victoria. “No quiere desprenderse de ellas”, dijo. Y lo hizo tan escabullidamente, que pudimos intuir en el fondo de su alma un “no quiero desprenderme de ellas, no quiero desprenderme de él”. Era frecuente encontrarlos caminado por las tardes. Él con su andador metálico y ella tomándolo por el brazo y susurrándole cosas al oído. El ruido seco de los topes de goma en el suelo cloc, cloc, cloc era como una campana sorda que cualquiera hubiera dicho que tocara, ya cansada, a muerto. Pero a su lado iba Victoria, silenciosa y paciente, resucitándolo a cada paso con su entrega luminosa.

Lucio, del número 17, nos habló enseguida de su suegra y de sus frágiles caderas. De las idas y venidas a hospitales. Lo hacía siempre con bondad y un sentido de entrega nada afectado, sin lamentos ni más intención que la de compartir lo suyo. Siempre tenía tiempo para charlar y comentar con nosotros lo magníficos que eran el resto de vecinos. Hace no mucho, cuando le comenté que nos mudábamos, la conversación nos llevó de manera imprevista a un rincón de su vida en el que Lucio quiso dejarme entrar, a mí, el todavía forastero –el alquilado– de esa calle de conocidos de antaño y propietarios. Me confesó el engaño de un socio que le había costado el trabajo y un buen capital. Lo de siempre: un aval, una mentira, una jugada que se tuerce, justos por pecadores. “No sabes lo que es quedarse en la calle a los 53 años”. Ahí vi supurar todavía la herida pringosa de la traición recibida y pensé líbranos del mal. Luego la vida se le enderezó y terminó encontrando el trabajo de su vida.

Fernando y su mujer eran vecinos de pared con pared. Los descubrimos, después de varias semanas, asomados al otro lado del muro con ojillos fisgones como de niños. “Sí, nosotros somos los nuevos inquilinos de Ana”. Creo que repitió tantas veces “lo que necesitéis” que casi me sentí obligado a necesitar algo de inmediato. Vivían fuera  –“entre Santander y Cuenca, donde viven nuestras hijas”– y los vimos poco, pero Fernando dio un brinco de alegría tan sincero al enterarse del embarazo de mi mujer que desde entonces imaginé que su casa era una representación arquitectónica del vientre de Ana.

Apenas seis meses han bastado para sentir que esa calle era nuestra casa, rodeados como hemos estado de tanta bondad, de la que ha acendrado el sufrimiento, la que, admirada, nos recompone y reconcilia con el mundo.

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