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El cine y la anemia cultural

Foto: Vianney Le Caer | AP

El líder político de un partido de ultraderecha -con el que, por cierto, comparto apellido pero no consanguinidad- dijo el otro día: “Me cuesta creer que el cine sea cultura. La cultura es ballet, música, zarzuela, ópera… El cine ha sido el gran mimado de los progres, y eso se va a acabar. Los productores han usado el cine como arma cultural y eso se ha acabado”. Más allá de ese tono de sheriff fanfarrón, lo que desvelan las palabras de Iván Espinosa de los Monteros, vicesecretario de VOX, es una profunda ignorancia y una anemia cultural que parece ya irrecuperable.

El visionado de algunas películas españolas le ayudarían a creer que el cine sí es cultura. Todavía más: que el cine comparece como el ámbito textual donde un día fue representada nuestra civilización. Que el cine se ha convertido -junto a las series de televisión- en el último resquicio de la filosofía.

Luis Buñuel, por ejemplo, ha sido capaz de construir horizontes mitológicos que todavía hoy nos convocan: ¿no es la escena nocturna de Nochevieja de la Roma de Alfonso Cuarón un trasunto de la perturbadora El ángel exterminador del cineasta de Calanda? Y si una noche el político negacionista no sabe qué hacer, le recomiendo que se ponga El espíritu de la colmena, una película de Víctor Erice que remite al monstruo de Frankenstein que agita nuestra infancia. Un film que nos recuerda que en el cine estallan los relatos míticos, oníricos, sagrados y artísticos de nuestro tiempo. Que no se pierda, por cierto, la mirada de la niña interpretada por Ana Torrent cuando un cine ambulante llega a su pueblo y ve por primera vez una película. Sus ojos se iluminan hasta el fulgor.

Seguro que el político que no amaba el cine se interesaría entonces por El verdugo, El extraño viaje, Mujeres al borde un ataque de nervios, Tesis, La lengua de las mariposas, Amanece que no es poco, Barrio, Los lunes al sol, Solas, Hable con ella, Mar adentro, Azul oscuro casi negro, Magical girl o Verano 1993. Debería tomarse unos días libres y verlas todas. Una detrás de otra.

¿Qué está pasando? ¿Qué país habitamos? ¿Si no colocamos la cultura en el lugar que merece, en qué espejo nos miraremos? Justo cuando hemos construido la sociedad más próspera que podíamos imaginar, en ese mismo momento, nos hemos puesto a delirar y hemos perdido el valor de lo que teníamos. La cuestión es darnos cuenta de dónde estamos y de lo extraordinariamente valioso que tenemos. Nuestro cine, es decir, los relatos simbólicos que nos convocan desde hace décadas son buena muestra de esa valía. Y quien no lo crea así vive en una indigencia cultural de dimensiones similares a las pantallas de las que huyen.

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