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El comunicado bilateral

Foto: ALBERT GEA | Reuters

Pedro Sánchez es un alcohólico del poder, y los secesionistas catalanes tienen la llave del cuarto de la bebida. Solo la situación que condensa esta rudimentaria metáfora explica el esperpento que el gobierno socialista ha montado estos días en Barcelona.

Algunos comentaristas han aplicado a la famosa frase de Churchill a Chamberlain al encuentro con el gobierno autonómico de Torra. “Pudiste elegir entre la deshonra y la guerra; elegiste la deshonra, y tendrás la guerra”. Efectivamente, Sánchez le dio a la Generalitat la cumbre bilateral que los nacionalistas catalanes buscaban, y ni así ha evitado una nueva toma violenta de Barcelona por parte de las fuerzas de choque separatistas que jalea Torra.

Es cierto que Sánchez sale (una vez más) de la encrucijada con la honra mancillada y sin conseguir detener la guerra. Pero también sale con lo más importante para él: con unos meses de prórroga de su agónico mandato que el PDeCat y ERC le conceden con las condiciones draconianas de las casas de empeños y las hienas del crédito rápido.

Que el voto de los secesionistas en el Congreso a favor del aumento del techo de gasto fuera el mismo día que la reunión fake de jefes de Estado en Pedralbes no hace sino confirmar que Sánchez sí cumplió en parte su promesa de liderar el gobierno de la transparencia. Es difícil en política tanta claridad en la trampa, tan poca preocupación por disfrazar, o al menos no realzar, los compromisos espurios que no tienen más justificación que la propia supervivencia.

Además de una batalla de les flors que podemos decir que se saldó en tablas, lo único concreto del encuentro entre gobiernos fue el comunicado conjunto. El texto no desmiente en ningún momento la naturaleza bilateral de la reunión con la que los consejeros de Torra se deleitan en twitter. Muchos ven escandaloso que el gobierno de España reconozca la “existencia de un conflicto sobre el futuro de Cataluña”, lo que a mí me parece una obviedad, como que las dos partes presentes en Pedralbes “mantienen diferencias notables sobre su origen, naturaleza o sus vías de resolución”.

Sin embargo, las cosas se ponen interesantes cuando empiezan a perfilarse los elementos de acuerdo: Sánchez y sus ministros y Torra y sus consejeros, se dice en el comunicado, “comparten, por encima de todo, su apuesta por un diálogo efectivo que vehicule una propuesta política que cuente con un amplio apoyo en la sociedad catalana”.

Como es habitual en nuestros socialistas cuando emprenden el camino del medio del tercerismo, nada se dice de los términos en que el gobierno de Sánchez está dispuesto a sumarse a “una propuesta política que cuente con un amplio apoyo en la sociedad catalana”. Lo que quieren los secesionistas está muy claro, aunque se avinieran a dejarlo fuera del texto, porque lo único importante en la cita era la imagen de bilateralidad.

A no ser, como parece sugerir el próximo párrafo, que la referida “propuesta política” sea el referéndum de autodeterminación que la Generalitat exige para llegar a cualquier acuerdo.

“Por ello, y con el objetivo de garantizar una solución, deben seguir potenciándose los espacios de diálogo que permitan atender las necesidades de la sociedad y avanzar en una respuesta democrática a las demandas de la ciudadanía de Cataluña, en el marco de la seguridad jurídica”.

El gobierno de Sánchez acuerda con Torra y sus consejeros establecer un diálogo para “avanzar en una respuesta democrática a las demandas de la ciudadanía de Cataluña”.

Podría pensarse que esas demandas ya tienen una respuesta democrática en las elecciones municipales, autonómicas y generales que se celebran en la región cada cuatro años. Pero como solo se avanza hacia donde todavía no se está no puede sino concluirse que el diálogo que reivindican las dos partes debe acabar en una fórmula de participación democrática distinta a las elecciones que conocemos. ¿Puede ser esta fórmula de participación democrática alguna otra cosa que el referéndum de autodeterminación que exige la Generalitat de Torra?

Desde que está en la primera línea de la política Pedro Sánchez ha dicho infinidad de veces una cosa y la contraria. A nadie debería sorprenderle que después de esas elecciones que tanto le costará convocar vuelva a envolverse en banderas españolas de 12 metros si así se lo exige la aritmética de escaños, los únicos números que el presidente ha demostrado tomarse en serio.

Quizá no debemos tomarnos demasiado en serio el compromiso concreto del comunicado firmado con Torra en Pedralbes, que sin embargo nos muestra una vez más lo lejos que está dispuesto a llegar Sánchez para no haber de volver a vivir en un sitio que no sea La Moncloa.

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