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El Congreso Mundial de Papás Noel

Hace pocos días se celebró en Copenhague la quincuagésima novena edición del Congreso Mundial de Papás Noel. Cada verano, miles de santaclauses de todo el mundo se reúnen en el parque danés de Bakken para discutir sus problemas, analizar su futuro papanoelístico y disfrutar de mucha vida social; nada demasiado diferente a lo que hacemos cuando vamos a congresos internacionaleslos académicos de otras disciplinas (aunque, normalmente, lo hagamos en orden inverso al citado).

Este año, no obstante, cuentan las crónicas que el congreso de Papás Noel se ha clausurado entre el júbilo general de sus participantes. En principio, no debería resultar extraño que estos regordetes hombres barbudos concluyan sus reuniones rodeados de regocijo y sus tradicionales “jo, jo, jo”. Mas lo cierto es que esto había estado lejos de ser así en las anteriores ediciones. Los últimos años habían sido duros para los Papás Noel.

Cada vez los críos acceden más fácilmente a información internáutica que a menudo, insidiosamente, les hace dudar sobre la existencia de Santa Claus. La crisis económica tampoco ha ayudado a la hora de permitir a Papá Noel granjearse el aprecio de los más pequeños por la vía de entregarles regalos más y más suculentos. Por otra parte, algunos seres desalmados han promovido incluso campañas en que desinformar a los niños asegurándoles que Santa Claus no existe y que hay una conspiración mundial de todos los adultos del mundo para engañar sobre su existencia a los menores de la casa.

Todos estos desafíos profesionales habían puesto contra las cuerdas de su trineo de renos a los Papás Noel de todo el mundo. “Ya apenas creen en nosotros solo los niños menores de cuatro años, y a veces ni siquiera estos, si saben leer”, afirmaba con desolación uno de los vicepresidentes de su Congreso Mundial hace tan solo una década. Poco antes, el representante del sindicato de elfos había detallado las escalofriantes cifras del desempleo en su sector, que alcanzaba ya a cerca de un 50 % de elfos en edad de trabajar, y eso a pesar de tratarse de la generación de elfos más preparada de la historia. “Sin niños que crean en Papá Noel, no hay regalos que llevar; y sin regalos, no hay trabajo en el mundo del trineo”, añadía uno de los renos más conocidos en su gremio, pero que por entonces se hallaba en paro y temeroso de que, en el Congreso Mundial de Carniceros, que esos mismos días se estaba celebrando en Hamburgo,se decidiese dar cuenta de él del expeditivo modo en que tal profesión sabe dar cuenta.

Ahora bien, ¿qué ha ocurrido estos últimos años para que el colectivo de santaclauses, elfos y renos contemple con renovado optimismo su situación socioeconómica? Lo explicó claramente en su Congreso Mundial de este verano un Papá Noel con acento español durante la brillante conferencia de clausura que pronunció ante miles de asistentes: “Podemos estar orgullosos, compañeros santaclauses, porque hemos sabido reorientar nuestro nicho de mercado. Hasta ahora nos habíamos ceñido a confiar en que los niños de todo el mundo creyeran en nosotros y nos confiaran sus deseos. Pero era una estrategia que nos limitaba absurdamente” dijo, entre murmullos aprobatorios de sus colegas. “Estos últimos años hemos aprendido, sin embargo, que no hay por qué autoconfinarnos al sector de los ‘peques’. Que en realidad cualquier adulto puede creer en nuestra existencia y entregarnos con cándida fe sus anhelos más íntimos. Estos años hemos aprendido, compañeros del metal de trineo, que eso ocurre sobre todo en política; que hay millones, qué digo, decenas, centenas de millones de adultos en todo el mundo que pueden creer en que un Papá Noel vendrá y les resolverá fácilmente cualquier problema en sus países”. Y aquí nuestro Papá Noel debió hacer una pausa, pues una ovación del resto de Papás Noel hacía su discurso inaudible, mientras gorros rojos y blancos eran lanzados con alegría por los aires.

Pero si uno concentraba la mirada entre esa lluvia de gorros y pompones acertaba a atisbar que era del palco de honor de donde provenían los aplausos más estentóreos. Allí, como invitados especiales, políticos populistas de todo el mundo, vestidos por una vez de papanoeles y mamanoeles, sonreían satisfechos por su labor en pro de renovar la fe en Santa Claus y en el Pueblo de Santa Claus.

Únicamente uno de ellos, algo más taciturno que el resto, y cuyo traje color rojo desleído tenía todo el aspecto de haber sido comprado en Alcampo, se mesaba inquieto la coleta y la barba blanca. “¿Te ocurre algo?” le preguntó con acento francés una mamanoel que tenía al ladito. Pero el Santa Claus de Alcampo recordó que había conseguido generar un ambiente en su país como para que los jóvenes ingenieros aeronáuticos se quejaran todo serios de que Papá Estado no les haya puesto en su pueblo un Cabo Cañaveral; recobró entoncessardónico su sonrisa y tan solo musitó: “Jo, jo, jo”.

 

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