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El corazón y el poder

El poder y sus peajes de acceso, nos confesamos, parecen obligar a sus candidatos a una frialdad y un calculo que deshumaniza hasta el punto de convertir casi todo en medida y estrategia

Foto: Miguel Henriques | Unsplash

Cuentan de un político español que era tan cercano en las distancias largas como lejano en las distancias cortas. Capaz de conmover a las masas con sus discursos, el manchego dibujaba con firmeza la líneas en el tú a tú sin dejar lugar a otra cosa que no fuera el cálculo político. La anécdota –seguramente exagerada- nos llevó, a quienes la comentamos en una comida reciente, a otra reflexión, también esa profunda y terrible: el poder y sus peajes de acceso, nos confesamos, parecen obligar a sus candidatos a una frialdad y un calculo que deshumaniza hasta el punto de convertir casi todo en medida y estrategia.

Nuestros estudios, intereses y derroteros laborales nos habían hecho conocer y amistarnos con muchas personas con un marcado interés por la política. Con algunos de ellos la vida ha querido que, además de la pasión común por lo público, terminase floreciendo una amistad en la que podíamos exponernos tal como éramos: con nuestros límites, debilidades y vergüenzas, sin hojas de parra ni máscaras venecianas.

Varios de los comensales observamos, algunos ilustrándolo con experiencias personales, el dolor que nos había causado la distancia personal interpuesta por algunos de esos amigos cuando, en un determinado momento, habían decidido –como intención del corazón o requeridos por el canto de las sirenas– darse a la vida política activa o, sencillamente, aspirar al poder, en el ámbito que fuese. Como si el guión del éxito lo requiriera, no pocos de los que se preparan para triunfar levantan un muro entre sí y muchas de sus relaciones –normalmente las que, por su verdad, más les revelan su debilidad– para evitar que lo personal pueda interponerse entre su vis y el ansiado trofeo.

Dicen de uno de los grandes políticos españoles de los últimos treinta años que en la universidad, al poco de afiliarse al PSOE, le dijo a uno de sus mejores amigos, a la sazón conservador o tardofranquista o vete tú a saber qué, que aquello tenía que acabarse. Las biografías políticas –pienso por ejemplo, en la de Kissinger,– están jalonadas de amigos en la cuneta y son, en muchas ocasiones, ejemplo de ese enfriamiento del corazón, de la cobardía del alma que decide endurecerse.

Esa humanidad que decidieron perder (y de cuya abdicación ninguno estamos exentos) será la que necesiten aventar después en libros sobre sí mismos y en mítines en los que conmover a las masas. Esclavos ya de su papel, tan cordiales pero tan secos por dentro, tan inhumanos y tan cercanos, sí, en las distancias largas.

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