Enrique Esteve

El crePPúsculo de los dioses

Los rostros desencajados de Esperanza Aguirre y Rita Barberá la noche del 24M me recordaron a la Norma Desmond de “Sunset Boulevard”.

Opinión

El crePPúsculo de los dioses

Los rostros desencajados de Esperanza Aguirre y Rita Barberá la noche del 24M me recordaron a la Norma Desmond de “Sunset Boulevard”.

Los rostros desencajados de Esperanza Aguirre y Rita Barberá la noche del 24M me recordaron a la Norma Desmond de “Sunset Boulevard”. En el clásico de Billy Wilder (titulado en España “El crepúsculo de los dioses”) la Desmond, gran diva del cine mudo, vivía recluida en su decadente mansión aislada de un mundo que había cambiado y en el que las películas, tras décadas de silencio, podían al fin hablar. Ya no bastaban los histriónicos rostros conjurados en la gran pantalla por un público ávido de sueños. Un enjambre de voces había tomado las salas oscuras llenándolas de diálogos en los que la negociación de significados se hacía cada vez más compleja, confirmando al cine como la séptima de las artes. Para Norma no obstante el cine, al hablar, se había hecho pequeño mientras que ella, parapetada en el silencio, seguía conservando toda la grandeza de antaño. Grandeza olvidada por todos excepto por su mayordomo y director de algunos de sus viejos títulos, que cada día le hacía llegar cartas de fans escritas por él para mantener en Norma viva la ilusión de que seguía siendo adorada por su público.

Al ver a las sexagenarias candidatas populares a las alcaldías de Madrid y Valencia aturdidas por la derrota, tras un último intento de volver a seducir a sus seguidores con la vieja y manida fórmula de siempre, me asaltó la imagen de Norma Desmond ataviada con un vestido de siete velos, tratando desesperada de hacer su ‘come back’ cinematográfico interpretando a una Salomé silente en tiempos del sonoro. Esperanza, Rita y el partido al que pertenecen se enfrentan a partir de ahora a una realidad ineludible. La era de las pantallas de plasma, de los dioses mudos y, por tanto irrebatibles, parece estar llegando a su fin. Por fortuna las voces comienzan a alzarse obligando a los inquilinos del Olimpo a fundirse con ellas, a salir de su ensimismamiento y dialogar para ocuparse de una vez de las necesidades de su público. Puede que tengan la cordura y el sentido común necesarios y exigibles como para hacerlo. O que por el contrario, acaben como Norma deslizándose por infinitas escalinatas, cegados por siete velos que les impidan ver que el sonoro está aquí y no por ello el cine se ha hecho más pequeño.

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