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El cuento más viejo

Hace una semana el Leicester City Football Club se hacía con la copa de la Premier League al alzarse ventajosamente respecto al resto de equipos en la tabla de la competición inglesa. La conquista del título por parte del club deportivo acarreó que reparase por primera vez en la existencia de éste. No hubo periódico que no se hiciese eco de la hazaña, convertida en la comidilla de la noche. Titulares melifluos inundaban las páginas de la prensa generalista y la deportiva, que pese al empeño de la primera en correr parejas mantienen aún alguna diferencia formal: “el Leicester consuma su gran milagro”, “el fútbol es hoy más bonito que ayer”. Las constantes alusiones a la humildad y a la sencillez del equipo, prácticamente generalizadas, parecían justificar que se hablase de la victoria como una proeza.

El episodio, relatado como un David contra Goliath, se convertía en una oportunidad de oro para toda conciencia culpable, necesitada de tomar partido ante el triunfo del ‘débil’. Es asombroso comprobar cómo algunas sinopsis no caducan jamás. Prueba de ello la daba Íñigo Errejón, dirigente de una formación política nacional últimamente cotizada, patrimonializando el triunfo deportivo, adjudicándolo a la gente normal: ese nuevo David, fresco, lozano y con ínfulas de Goliath. Qué tendrá que ver el fútbol con la justicia social o la igualdad de clases, pero por politizar que no quede, cualquier efeméride es válida para sacar partido al filón de la hegemonía.

Desconozco hasta qué punto es Errejón seguidor devoto de la Premier como para permitirse el lujo de decidir que el club encarna la virtud y la pureza del desfavorecido que trata de abrirse camino entre los corrompidos triunfadores habituales. Un relato manido y superfluo, como el de las peores películas donde el mal lo personifica el poderoso y el bien el desamparado. Por suerte, se han contado historias como la que recoge el brillante film de Luis Buñuel ‘Los olvidados’ (1950), que lejos de la pretendida denuncia social que se le atribuye, no es más que un relato protagonizado por personajes mezquinos, ingratos e inmisericordes que, además, son pobres. Por lo demás, la ficción según la cual buenos y malos nacen agrupados en función de sus orígenes, ingresos o ideología resulta pueril para cualquiera que acumule alguna leve arruga en la frente.

Sin embargo, los hay empeñados en tratar a la ciudadanía como menores de edad, haciéndole creer que los demonios tienen nombres y apellidos y pueden ser erradicados (la banca, los jueces, las multinacionales, los tradicionalmente moradores del Congreso). Como si con ellos se esfumaran también todos nuestros problemas. Un respecto al que a menudo contribuye esa misma prensa que celebra victorias inesperadas en los estadios, dando por sentadas ciertas voluntades arbitrariamente virtuosas o deshonestas.

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