José Antonio Montano

El descubrimiento de Madrid (y 2)

«Qué bien transmite la experiencia de la llegada a Madrid; una experiencia de la que está privado ese ciudadano exótico: el nacido en Madrid»

Opinión

El descubrimiento de Madrid (y 2)
Foto: Wikimedia Commons
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

Ya he terminado mi lectura del ‘Madrid’ de Andrés Trapiello (Destino) y no ha decaído lo que escribí hace dos semanas. El libro cambia en el último tramo con los “Retales madrileños”, amenos, curiosos, informativos, pero de menor intensidad. Son un añadido más relajado a lo que el lector se encuentra hasta la página 366, que es lo importante: unas maravillosas memorias madrileñas en las que se entrecruzan la vida de Trapiello y la vida de Madrid, y la vida madrileña del lector que vive o ha vivido en Madrid, y la vida de todo lector aunque no haya vivido en Madrid, porque la vida y Madrid están en el libro.

Para quienes aún no hayan leído a Trapiello, ‘Madrid’ es una presentación excelente de su obra: de sus escritos sobre literatura, de sus diarios, de algunas novelas y de libros como ‘Las armas y las letras’. Y para sus lectores habituales tiene un interés especial: no solo porque es uno de sus mejores libros, sino también porque en él asoma el Trapiello de antes de que lo conociéramos (el Trapiello vendedor de libros en la Gran Vía y en Serrano, por ejemplo, o el Trapiello de la Movida, o el del Museo Romántico), y se concretan episodios que sabíamos por sus diarios, y se insinúan otros que esperamos en los tomos futuros (esas comidas o cenas, en una de las cuales está hasta Isabel Preysler).

Qué bien transmite la experiencia de la llegada a Madrid; una experiencia de la que está privado ese ciudadano exótico: el nacido en Madrid. La fuerza de mi experiencia la he revivido con la suya, y me he dado cuenta de que está latente siempre, incluso en los años en que uno ha vivido en Madrid. El encanto de la vida cotidiana en Madrid (del que está privado a su vez el apresurado turista) se veía en ocasiones ‘sacudido’ por aquel descubrimiento inicial, que retornaba en atisbos, dándole una mezcla de desamparo y fascinación a determinados momentos: se podía ‘abrir’ mientras uno esperaba a un amigo en una terraza, o se dirigía a una cita amorosa, o iba solo al cine, o tenía una reunión de trabajo… La vida en Madrid tiene un nervio que se parece a la vida.

Mi amigo Cristóbal y yo llegamos, en el mencionado Expreso Costa del Sol, un 11 de octubre por la mañana. Y nuestro primer Madrid, tras aquella jornada inaugural, de aterrizaje y acomodamiento en el ‘Johnny’ (desde mi ventana se veía la casita amarilla de Vicente Aleixandre, que había muerto el otoño anterior) y borrachera en Malasaña, fue el del puente del Pilar: un Madrid vacío, lento, resonante, que intimidaba aún más que el de pocos días después con las multitudes…

Pero si Trapiello ha contado su Madrid en quinientas páginas, no voy a contar yo el mío en dos. Añadiré solo una sorpresa, el de la confluencia que más me ha emocionado (entre varias) del libro: el de la relación de Trapiello con el jardincito del Príncipe Anglona, esencial en mi Madrid. Escribe Trapiello:

«En el otro extremo [de la plaza de la Paja] está el palacio de Anglona, que es precioso porque no se le nota nada que es palacio, parece incluso una Casa de Socorro de comienzos de siglo. Tiene un jardín de juguete medio moro, medio toledano, con su fuentecita en el centro, un surtidor del tamaño de un silbato, unos árboles que dan algo de sombra y unos setos escuálidos pero bien trazados. Yo tengo leído allí mucho, que diría Cunqueiro, el más romántico de los escritores gallegos. Cuando el amor de mi vida empezó a volverse incorrupto, como el cuerpo de San Isidro, y me pasaba el día solo, solía ir a ese jardinillo. Iba con uno de mis ‘australes’ y un bocadillo de calamares fritos, por pasar la canícula a la sombra, y bebía de la fuente con los gorriones. Luego me parece que cerraron los jardines muchos años».

Sin duda por esto último yo no los conocía. Pero muchos años después, paseando por esa zona con mi amigo Losada, vimos la puertecita en el muro de ladrillo y entramos. Era invierno y el jardín estaba pelado, bellísimo pero tristísimo, destartalado como el alma mía, que diría el poeta. Unos meses más tarde, deambulando solo, con un ánimo similar, pasé de nuevo por la entrada y me asomé. Esperaba encontrar el mismo jardín ceniciento y mustio, pero no había caído en que ya era primavera: estaba resplandeciente. Aquel inesperado trallazo de vida me conmocionó. Desde entonces he ido muchísimo a ese jardín, en todas las estaciones, para recordar que se puede renacer.

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