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El diablo de la mujer

Foto: Wikipedia | Wikipedia

En la Casa-Museo de Emilia Pardo Bazán, en pleno centro de La Coruña, se encuentra la vivienda donde la escritora nació y pasó su juventud sumergida entre los libros de la biblioteca de su padre, un liberal que fue elegido diputado. Es la misma casa en la que Pardo Bazán vivió con su esposo, con quien se casó a los 16 años, y en la que celebró numerosos actos literarios. Entre retratos familiares, muebles originales y primeras ediciones de sus libros, impresiona adentrarse en el despacho de la autora, que desde su imponente escritorio podía ver la fachada de la Iglesia de Santiago.

Hay también una cronología que pone contexto a la vida de la autora. Así sabemos que nació el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña y que en el 68 se casó con José Quiroga. “Me vestí de largo, me casé y estalló la revolución”, resumió. Sabemos también que en los 70, cuando su padre dejó las Cortes, viajó por Europa, y que en el 76 nació su primer hijo, Jaime. ‘Pascual López, autobiografía de un estudiante de medicina’, su primera novela, llegó en el 79, y en el 83 editó ‘La cuestión palpitante’, que la acreditó como una de las principales divulgadoras del naturalismo en España.

Con este libro y la novela ‘La Tribuna’, Pardo Bazán provocó una gran polémica, por adscribirse a las nuevas tendencias francesas, pero sobre todo por haberlos escrito siendo mujer, esposa y madre. Las críticas le afectaron más a su marido que a ella. Quiroga le pidió que dejara de escribir y ella puso fin al matrimonio. “Separación conyugal. Amistad con Galdós”. Así, con este punto seguido tan revelador, se explica en la Casa-Museo el nuevo rumbo en la vida de la autora. Pardo Bazán siguió cultivando su mente y su cuerpo. Mantuvo relaciones amorosas con Blasco Ibáñez, Lázaro Galdiano y Benito Pérez Galdós.

Con el autor de los ‘Episodios Nacionales’ mantuvo una tórrida correspondencia. Él, soltero y mujeriego, y ella, separada, se veían a escondidas en Madrid. En sus cartas se prometían “aplastarse”, morderse los “carrillitos” y se tomaban a broma aquella vez que Pardo Bazán perdió una “prenda íntima” en la Castellana. Cuando Galdós se enteró de la aventura de la autora con Galdiano, se lo confesó con desparpajo: “Solo a título de explicación diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas”.

Feminista antes de que el feminismo fuera viral, estaba decidida a vivir exclusivamente de su trabajo literario, sin recibir nada de sus padres, en un “propósito del todo varonil” que la obligaba a escribir 15 cuartillas diarias. “Lo dicho –le escribió a Galdós–, esta especie de trasposición del estado de mujer al de hombre es cada día más acentuada en mí”. Novelista, poetisa, autora de tres mil artículos de prensa, conferencias y ensayos, editora… Pardo Bazán fue la mujer española más influyente de su época. Heredó de su padre el título de condesa, fue la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid y promovió la creación de la Real Academia Gallega.

Sin embargo, y pese a postularse en tres ocasiones, la Real Academia Española nunca aceptó su candidatura. Creyéndose “con títulos suficientes para ocupar una de las plazas vacantes en la Real Academia Española”, y tras detallar en su solicitud sus credenciales, la autora de ‘Los pazos de Ulloa’ esperaba de sus “dignísimos compañeros”, entre los que se encontraba el propio Galdós, que la aceptaran. “Dios guarde a V. E. muchos años”, concluía su misiva al presidente de la RAE.

La respuesta, fechada el 16 de abril de 1912: “Dada cuenta a la Real Academia Española de la instancia de V. E. de fecha 29 de marzo de este año, pidiendo una de las dos plazas vacantes […], esta Corporación resolvió por unanimidad no admitir dicha solicitud, porque los acuerdos reglamentarios […] disponen terminantemente que las Señoras no pueden formar parte de este Instituto. Lo que tengo el sentimiento de participar a V. E., cuya vida guarde Dios muchos años”.

Entre los contemporáneos de Pardo Bazán había una mezcla de admiración y misoginia, porque al fin y al cabo no dejaba de ser una “señora”. Para Zola, ‘La cuestión palpitante’, “un libro muy bien hecho, de fogosa polémica”, no le parecía “libro de señora: aquellas páginas no han podido escribirse en el tocador”. Según Leopoldo Alas, ‘Clarín’, se trataba de una mujer que quería “verlo todo en la ciencia como otras quieren verlo todo… en un almacén de ropa blanca…”. Y para Juan Valera “el diablo de la mujer” tenía “singular y muy raro talento”.

Que Dios les guarde muchos años.

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