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El dilema de la sombra dormida

Cualquiera se atreve a fiarse de una sombra. Tal y como están las cosas, la privacidad no parece garantizada. El timbre de llamada en el bolsillo en un sitio público, el mensaje de whatsapp interceptado por la centralita, la violación del correo electrónico, la contraseña de la tarjeta en el cajero, la grabación fortuita de un androide “a un móvil pegado” (con su permiso, Quevedo) nos convierte a todos en objetivo de otro ojo humano. Digo ojo, pero también cuento con el oído, el odio, la envidia o la insana curiosidad insaciable de los cazadores de imágenes, palabras y conversaciones.

No sé si la sonrisa de la señora del abrigo verde del semáforo es para mí o si, por otro lado, la mujer ha detectado la presencia de alguna cámara del Show de Truman en el que vivimos y quiere mostrar su cara amable a la vista de los espectadores. Me parece a mí que hemos perdido naturalidad. Tal vez hacemos cosas que no haríamos en soledad. Pero es que hay demasiados espías, demasiados teléfonos activados a nuestro alrededor grabando sin parar. La sombra de una mujer es capturada por el objetivo del fotógrafo Martín Mejía.

Estos días el Parlamento inglés ha aprobado una ley que permite a la policía buscar en las llamadas, los correos y demás datos de los ordenadores de cualquier habitante del Reino Unido susceptible de ser investigado. El hombre inmoral no pide permiso para hacer el mal ni le preocupa la libertad de los otros hombres. A veces, la grabación de una cámara oculta en determinados espacios supone una garantía de objetividad para la aplicación de la justicia que, de otro modo, no existiría. Uno no sabe si la sombra que le acompaña está despierta o dormida.

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