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El dios invicto

Para los clásicos el sol constituía un dios invicto a cuyo paso afloraba la belleza de la luz, la vida y la muerte. Como un memento mori, su lento movimiento al surcar los cielos reflejaba el inexorable paso del tiempo para los hombres. “Mueran los soles y retornen”, le escribió el ardoroso Catulo a su amante Lesbia, “nosotros, breve luz, cuando muramos, habremos de dormir noche perpetua”.

Según el estudioso de las religiones Mircea Eliade, el sol representaba antiguamente el eco de la eternidad sobre la vida, como si fuese un dios metafísico e inmutable que pautara sin piedad el paso de las horas, frente a la Luna, carnal y mutante, femenina, fértil y fecunda. Heródoto cuenta que los persas exponían sus cadáveres al sol para que las aves carroñeras hicieran su trabajo. El ciervo era un animal solar; la serpiente, en cambio, obedecía al influjo de la Luna. Se trataba de un mundo mítico, previo a la Historia.

Si Predrag Matvejevic cantó la belleza oriental del mar Mediterráneo, uno no puede dejar de pensar en el azul que emerge como un reflejo del sol. La pintura es el arte de testimoniar esa extraña gradación de la luz que hace que el cielo de Madrid –teñido de intensidad velazqueña– no sea el azul dorado de Venecia ni el añil excesivo de la sabana africana. Los astrónomos saben que llegará el día en que el sol se irá apagando lentamente, sembrando la muerte en nuestro planeta. Quizás para entonces ya hayamos colonizado otros mundos. O sencillamente la vida, esta luz, los versos de Catulo, el goce de la carne, los viejos credos y los fotogramas antiguos perdurarán en el universo, codificados por algún tipo de inteligencia artificial: un testamento escrito para la inmensidad vacía del espacio.

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