Pablo Mediavilla Costa

El doble emprendedor

Las intenciones de esta vorágine entrepreneur son cristalinas: librar al sistema de toda culpa y crítica, producir más por igual o menor retribución, y consumir como si mañana no fuera a salir el sol. La rutina, como se dice en el anuncio de un todoterreno, puede ser maravillosa.

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El doble emprendedor
Foto: Arun Sankar K.

Lo que somos ha dejado de importar. Tenemos que ser otros; estar delgados y fuertes, comer mejor, trabajar más duro, no beber ni fumar, exprimir cada segundo y ser y parecer felices. El camino no es fácil, pero lo único que nos separa del éxito es el esfuerzo. Hay que atravesar los días como un gladiador la arena del coliseo. Quejarse es cosa de vagos y perdedores; pensar, de diletantes y nostálgicos. Parar es ir hacia atrás. Las intenciones de esta vorágine entrepreneur son cristalinas: librar al sistema de toda culpa y crítica, producir más por igual o menor retribución, y consumir como si mañana no fuera a salir el sol. La rutina, como se dice en el anuncio de un todoterreno, puede ser maravillosa.

Es lo que, en un artículo de The New Yorker, llaman «optimismo depredador», una industria multimillonaria de gurús de la autoayuda, aplicaciones de well being, dietas purificantes, talleres de meditación y deportes dolorosísimos. Las expectativas son enormes; el sufrimiento, largo, y las posibilidades de convertirse en un döppelganger con yate, ínfimas. Los tatuajes ya no rezan Amor de madre, sino Cae siete veces, levántate ocho, No pain, no gain o Sangre, sudor, pero nunca lágrimas. Ni las tazas de café escapan a la doctrina motivadora. El espejo son las redes sociales donde solo habitan nuestros dobles emprendedores. Queremos la vida en Instagram del vecino, aunque sepamos que esa vida no existe porque la que nosotros mostramos también es mentira. Algunos relacionan esta carrera por ser mejores con el aumento de la tasa de suicidios o de la soledad. Las mujeres odian sus cuerpos, su debilidad, su propia forma de pensar; los hombres, también. Una epidemia de insatisfacción, fracaso y fraude.

«Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose», ha dicho el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en una reciente entrevista. Con los derechos laborales en retirada, la desigualdad en alza y la tecnología apretando todas las clavijas del reloj, no hay respiro ni merced. Lo que iba a hacernos libres nos ha hecho esclavos. La competitividad es extrema y el miedo, un gran agente emprendedor, libre. Que el Fondo Monetario Internacional, por poner un solo ejemplo, esté empezando a debatir sobre la renta básica universal puede dar una perspectiva de lo que se nos viene encima. La filósofa Marina Garcés dice que nunca hemos sabido tanto y, a la vez, tenido menos posibilidades de cambiar las cosas.

«Es forzoso que se perturbe el que está necesitado de alguno de aquellos bienes, y encima que dirija muchos reproches a los dioses», dice Marco Aurelio sobre la envidia en el libro VI de sus Meditaciones. El emperador romano se pasó media vida guerreando en los confines de su mundo, pero en la soledad de la tienda escribió sobre el repliegue en uno mismo («perseguir imposibles es propio de locos») o el servicio a la comunidad como fin en sí mismo («lo que no beneficia a la colmenta tampoco beneficia a la abeja»). Descubrí el librito hace poco y no dejo de consultarlo. Quiero ver una señal en las reediciones que han aparecido de su obra -incluso una ilustrada de Errata Naturae-. Hay hambre de autenticidad, de ideas y de siestas veraniegas; de pararlo todo y atrincherarse en su aforismo más conocido: «La mejor forma de defenderte es no parecerte a ellos», o mejor, en lo que dice mi mejor amigo: «La vida es ir tirando».

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