THE OBJECTIVE
Irene Junquera

El Don Quijote de Fort Lauderdale

A veces miro a mi alrededor y me espanto con la barbarie humana, con la intolerancia, el racismo o la simple indiferencia ante el problema ajeno.

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El Don Quijote de Fort Lauderdale

A veces miro a mi alrededor y me espanto con la barbarie humana, con la intolerancia, el racismo o la simple indiferencia ante el problema ajeno.

A veces miro a mi alrededor y me espanto con la barbarie humana, con la intolerancia, el racismo o la simple indiferencia ante el problema ajeno. Y entonces aparece un halo de luz que me despierta de mi letargo de indignación. Arnold Abbot, un chef de 90 años, tiene un puesto de comidas en las calles de Fort Lauderdale donde da de comer a los indigentes que se acercan. Conviene recordar que esta ciudad se caracteriza por estar llena de hoteles de lujo, coches de alta gama y persona con un alto nivel adquisitivo. Pero no es sólo eso.

Fort Lauderdale también es la ciudad de los que no tienen nada. Muchos indigentes se refugian en ella por su benévolo clima que evita que por las noches mueran, literalmente, de frío. Abbot decidió hace 8 años ayudarles en la medida de lo posible, dándoles de comer cada día, pero ahora se enfrenta a una multa económica y hasta pena de cárcel por incumplir una ordenanza municipal que les obliga a situarse, al menos, a 152 metros de cualquier zona residencial. Aún siendo un lugar público. ¿Se imaginan que nos pusieran los restaurantes, por ejemplo, bien lejos de nuestras casas para no tener que vernos? ¡Qué esperpento! ¡Qué ganas de cerrar los ojos ante la vida real!

Imagino que algunas personas de esta preciosa ciudad prefieren no ver que la realidad también está en sus calles.

Abbott, que es veterano de la II Guerra Mundial, fundó además una escuela culinaria para formar a indigentes y darles oportunidades de trabajo. La mujer de Arnold le llamaba Don Quijote. Por su idealismo. Pero para mí no es exactamente un idealista; es un hombre que con 82 años se enfundó el uniforme de cocinero y salió a la calle a repartir su corazón y su alma en cada plato de comida.

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