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El duelo en 'After Life'

"Creo que 'After Life' es una buena manera de explicar en qué consiste la bondad del mundo"

Foto: Netflix

Jamás olvidaremos las series y los libros que hemos visto y leído durante el confinamiento. Inevitablemente, cuando leemos o visionamos estas obras algo de lo que está sucediendo resuena en nosotros y la experiencia no es la misma. En los últimos días me he estado dosificando los 12 capítulos de After Life, la serie de Netflix escrita, dirigida e interpretada por Ricky Gervais que da vida a Tony, un periodista de un diario local en ruina en un pequeño pueblo inglés.

Tony acaba de perder a Lisa, su esposa, víctima de un cáncer. Su dolor se convierte en algo similar a la misantropía y cree que el suicidio es casi un “súperpoder”: podrá hacer y decir lo que quiera porque cuando se canse de todo, se suicidará. Sin embargo no todo es tan sencillo porque al estar en el mundo, éste nos afecta. Lo dice bien Josep María Esquirol en su libro La penúltima bondad (Acantilado): no es lo mismo estar vivo que “ser capaz de vida”. Y Tony, aunque está vivo, no es capaz de vida. O cree que no lo es, naturalmente.

La primera temporada de After Life abarcaría, tal y como el propio Gervais ha contado, las tres primeras etapas de un duelo: la negación, el shock y el enfado. El último episodio de la primera temporada es más luminoso que el resto porque roza la cuarta de ellas: el compromiso. Es decir, ¿qué puedo hacer para vivir mejor esta vida que casi siempre me resulta insoportable? La respuesta se encuentra en algo tan poco de moda como la bondad. No sólo la de Tony, también la del elenco de personajes entrañables que Gervais ha construido en ese pequeño pueblo que atesora los grandes dilemas de la humanidad: el psicólogo lascivo, la prostituta honesta, el cartero lenguaraz pero tierno, el amigo gordo que soporta todas las bromas de Tony, la viuda mayor que entiende su tristeza, el padre con Alzheimer que sólo se acuerda de su nuera fallecida, la enfermera que puede ser una luz, el cuñado bondadoso, el sobrino inocente, la compañera india del periódico local que vive una existencia anodina o la otra compañera de trabajo que cree en teorías conspirativas y en el horóscopo para paliar su soledad. Y, por supuesto, Lisa, la amada ausente que todo lo ocupa. Pascal decía que no eran los atributos lo que amamos de alguien sino lo indefinible de la persona. Y pareciera que el empeño vital de Tony radicara justo en eso: en definir lo indefinible.

Algunas de las críticas de la serie la acusaban de exceso de bondad. Y es cierto, como dice de nuevo Esquirol, que “a veces resulta inverosímil que en un mundo tan hostil la bondad se muestre con esta viveza”. Es casi como asistir a un milagro. La segunda temporada de After Life sigue indagando en la pregunta de si vale la pena seguir viviendo cuando lo has perdido todo. Si en la muerte hay amenaza o estremecimiento es porque entendemos la vida como gozo. ¿Y si la muerte fuera lo gozoso y la vida el tormento?. En este sentido, el fantasma del suicidio sobrevuela en toda la serie hasta el punto de que en una de sus primera citas a Tony le dicen que “no ha sabido suicidarse bien”. Ahí estriba el humor radical de Gervais. Uno tan elástico que toca al amor.

“¿Se puede explicar la bondad de la misma manera que se explica por qué el agua se hiela, o por qué la tierra gira tan deprisa?”, se pregunta Esquirol en su libro. Creo que After Life es una buena manera de explicar en qué consiste la bondad del mundo.

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