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El Ebro y yo

Foto: Vincent West | Reuters

Debió de ser por estas mismas fechas cuando mi novio y yo fuimos a ver el Ebro la primera vez. La crecida había llegado a su punto álgido, anunciaban los periódicos. Quedamos en la universidad, me recogería con la furgoneta que usaba en el trabajo, en la puerta principal, la de la plaza San Francisco. Salí más rápido que otros días mientras mis compañeros de clase me miraban un poco atónitos: no entendían qué tenía de especial el río. Era casi una excursión, aunque para llegar a la ribera apenas había que cruzar la ciudad. Puede que fuera nuestra primera cita no nocturna. El agua que baja por el Ebro, sobre todo cuando hay crecida, suele ser de un desagradable y poco fotogénico color marrón barro. Pero no me importó. En 1971 se cayó un autobús de línea al río al cruzar el puente de Piedra. Había cincuenta pasajeros. Desaparecieron nueve personas y el autobús no pudo sacarse del río hasta diez años después. Le dije a mi novio que la leyenda del pozo de san Lázaro cuenta que no tiene fondo. Volvimos a ver una crecida, pero no fuimos solos. En mi disco duro tengo un montón de fotos de las riberas llenas de gente con paraguas abiertos. Hay uno grande de colores que roba el protagonismo en varias.

Cuando hice el Erasmus en París paseaba por las riberas del Sena –con el mismo chico con el que había ido a ver la crecida en una furgoneta llena de material de electricista– y pensaba que las riberas de mi ciudad podrían ser así. El escritor Félix Romeo era de la misma opinión: decía que Zaragoza había vivido de espaldas al río y creía que la Expo de 2008 podría servir para intervenir las riberas. Uno de nuestros lugares favoritos desde entonces fue Le pastis, un chiringuito de ribera regentado por el artista Yann Leto y la fotógrafa Cecilia de Val. Solo abre en verano y tiene bombillas de colores y ponen nachos con guacamole y organizan conciertos.

Me acuerdo de la fiesta de aniversario de mi editorial, fue en uno de los bares nuevos de las riberas, pero no me acuerdo de cuántos años cumplía. Cuando abrió la sala López crucé el río, por el puente de piedra, muchas noches. También perdí un concurso de canciones horteras en la ribera del Club Náutico antes de que se pusiera de moda para hacer botellón. Cruzamos el río las pasadas navidades. El tiempo era sorprendentemente bueno y la ciudad era prometedora desde las riberas que ya no tenían tanto que envidiar a las de París (salvo París). Veo en los periódicos las fotos del caudal marrón bajando y pienso que así es como se fundan las tradiciones íntimas.

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