Roberto Herrscher

El edificio que canta sus penas

Cuando cae un aguacero en ciudad alemana de Dresde, este edificio se pone a cantar. En su fachada, de melancólicos azules y grises, la escultora Annette Paul y los diseñadores Christoph Rossner y André Tempel instalaron un complejo mecanismo de tubos de metal, escaleritas de madera, caños con agujeros y rejillas sonoras

Opinión

El edificio que canta sus penas
Roberto Herrscher

Roberto Herrscher

Periodista, licenciado en sociología y profesor universitario. Master en Periodismo por la Universidad de Columbia y posgrado del Instituto para el Desarrollo de Periodismo Internacional de Berlín (IIJB), reside en Barcelona, donde dirige el Master de Periodismo BCNY.

Cuando cae un aguacero en ciudad alemana de Dresde, este edificio se pone a cantar. En su fachada, de melancólicos azules y grises, la escultora Annette Paul y los diseñadores Christoph Rossner y André Tempel instalaron un complejo mecanismo de tubos de metal, escaleritas de madera, caños con agujeros y rejillas sonoras

Cuando cae un aguacero en ciudad alemana de Dresde, este edificio se pone a cantar. En su fachada, de melancólicos azules y grises, la escultora Annette Paul y los diseñadores Christoph Rossner y André Tempel instalaron un complejo mecanismo de tubos de metal, escaleritas de madera, caños con agujeros y rejillas sonoras.

Los tres artistas viven en el edificio, y crearon la instalación en primer lugar para su propio solaz. A Annette Paul le recuerda un edificio donde ella vivía, en San Petersburgo, en el que se sentía rodeada de un “teatro de la lluvia”.

“Estas paredes cantantes obligan a los turistas a enfrentar las tormentas para escuchar la música que se compone cada vez que el cielo se pone gris”, escribe Sara Malm en el diario británico The Mail on Sunday. Los vecinos llaman al sitio “la plazoleta de los elementos.

En la web de arquitectura Inhabitat, Taflin Laylin considera que “este matrimonio juguetón de arte y arquitectura transformó este pintoresco rincón de la ciudad en un sitio de peregrinaje”.

A mí me parece que el edificio cantarín de Dresde es un perfecto antídoto contra la tristeza. A lo largo de la historia de la humanidad, nuestra especie ha aprendido a transformar el dolor en música. Cantar las penas es una forma valiente de enfrentar el propio dolor, pero también una manera, entre lógica y mágica, de empezar a sentirse mejor.

Cantadas, las penas duelen menos.

Debe ser por esto que hay muchas más canciones tristes que alegres, en todas las tradiciones y sociedades. La belleza del canto y de la interpretación de instrumentos suele tener un doble efecto: nos pone en un contacto más puro y directo con nuestros sentimientos y al mismo tiempo nos lleva a un mundo ideal, alejado de las angustias cotidianas.

A esto se refería tal vez el gran director y pianista Daniel Barenboim en el prólogo de sus memorias, “Mi vida en la música”: “La música puede ser la mejor escuela para la vida y, al mismo tiempo, el medio más eficaz para huir de ella”.

¿Podríamos vivir en un edificio que transforma las lágrimas del cielo en dulces armonías? Si me preguntan a mí, es a este edificio alemán donde me gustaría mudarme esta tarde.

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