Gonzalo Gragera

El efecto Trump

La Ilustración, el Siglo de las Luces, surgió de un planteamiento que solo proporciona frustración: la verdad es una y los errores son múltiples. De este modo, quienes se apropian de sus verdades, de sus verdades absolutas al hegeliano modo, pretenden que el resto pasemos por el aro de sus dogmas, de sus principios, de sus tesis, pues nos situamos siempre, desde la subjetividad de su falsa verdad absoluta, al margen del error. Un aro que bien vale su peso en oro: lo consideran irrefutable. Estas ideas, presentes en todas las ideologías del siglo XIX y XX –liberalismo clásico, socialismo real, comunismo, fascismo, conservadurismo, nacionalismo-, no son del todo nocivas si sus partidarios se encuentran con una sociedad ausente de todo conflicto. Pero este es un mundo que aún no hemos conocido, ni creo que sea beneficioso degustar: el conflicto garantiza el disenso, el disenso garantiza la crítica, la crítica garantiza el pensamiento y el pensamiento garantiza, al menos, la posibilidad de la alternativa; es decir, la democracia, que no es más que un sistema político consustancial a algo que no sabemos renunciar, por esencia: la libertad. Estamos condenados a ella, según Sartre. De ahí que quien venga a imponer su criterio se encuentre con la disidencia, con el problema del contrario. Y es entonces cuando nos echamos las manos a la cabeza, y a falta de una sociedad plural, constitucional y desarrollada, todo termina como terminó en el Siglo de las Luces: con oscuridad.

Opinión

El efecto Trump
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

La Ilustración, el Siglo de las Luces, surgió de un planteamiento que solo proporciona frustración: la verdad es una y los errores son múltiples. De este modo, quienes se apropian de sus verdades, de sus verdades absolutas al hegeliano modo, pretenden que el resto pasemos por el aro de sus dogmas, de sus principios, de sus tesis, pues nos situamos siempre, desde la subjetividad de su falsa verdad absoluta, al margen del error. Un aro que bien vale su peso en oro: lo consideran irrefutable. Estas ideas, presentes en todas las ideologías del siglo XIX y XX –liberalismo clásico, socialismo real, comunismo, fascismo, conservadurismo, nacionalismo-, no son del todo nocivas si sus partidarios se encuentran con una sociedad ausente de todo conflicto. Pero este es un mundo que aún no hemos conocido, ni creo que sea beneficioso degustar: el conflicto garantiza el disenso, el disenso garantiza la crítica, la crítica garantiza el pensamiento y el pensamiento garantiza, al menos, la posibilidad de la alternativa; es decir, la democracia, que no es más que un sistema político consustancial a algo que no sabemos renunciar, por esencia: la libertad. Estamos condenados a ella, según Sartre. De ahí que quien venga a imponer su criterio se encuentre con la disidencia, con el problema del contrario. Y es entonces cuando nos echamos las manos a la cabeza, y a falta de una sociedad plural, constitucional y desarrollada, todo termina como terminó en el Siglo de las Luces: con oscuridad.

Como la Historia suele transformar las circunstancias pero no los agentes que en aquella participan, con frecuencia se repite. Cuando en el circo del adanismo, que es una conducta propia de tiempos en que solo ofrecemos respuestas simples, por comodidad de lo que queremos oír, a preguntas complejas, se hace presente, nos crecen los enanos, como Donald Trump. Claro ejemplo de adanismo, de absolutismo y de esperpento.

Quien odio propone, odio recibe. Y así un muchacho se planta en uno de los mítines de Trump para cargar la pistola de un guardaespaldas y, pistolero, acabar con la vida del político. Ninguna de las conductas son admisibles. Entiendo que sí preocupantes. Mucho más en un país que nació de la Ilustración, pero sin el pecado original de los europeos: ellos no tuvieron verdades a las que agarrarse.

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