Juan Claudio de Ramón

El electo y el selecto

«Ninguna nación puede darse el lujo de prescindir de una aristocracia moral, por más plebeya que sea de origen, porque no hablamos de cuna sino de virtud»

Opinión

El electo y el selecto
Foto: Yara Nardi| Reuters
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Despejemos el balón deprisa: no hay contradicción entre el electo y el selecto. Cierto, las democracias liberales no están diseñadas para escoger necesariamente a los mejores, sino más bien para librarse de los peores con el menor destrozo posible, o para contener el daño que un gobernante inepto o malvado puede hacer durante su mandato. Lo hemos visto con Donald J. Trump, stupor mundi. Las instituciones establecen cortafuegos y el pueblo se enmienda a sí mismo en la siguiente elección. La democracia constitucional es el sistema, suele decir Javier Gomá, que puede permitirse gobernantes mediocres. Pero nada obsta, tampoco, para que de manera no esporádica ni fortuita, o en momentos de fuerte zozobra, sean personas de alto rango moral o intelectual quienes ocupen las magistraturas escogidas por refrendo directo o indirecto de la ciudadanía. Pierre Trudeau o Barack Obama son ejemplos de intelectuales de fuste que alcanzan el poder seduciendo a la mayoría; Alcide De Gasperi o Angela Merkel, modelos de líderes morales que se han querido dar países democráticos.

Con todo, es forzoso aceptar el hecho de que el inspirador y atractivo caso de ver llegar al poder a alguien que sentimos es mejor que nosotros (por eso que nos inspira y atrae) empieza a ser cada vez más raro. Lo habitual hoy es dar por sentado que en política solo llegan lejos los peores, los más taimados y sectarios, los menos formados en alguna rama del saber, los de pensamiento más romo y desorejado, los que menos empacho tienen en engañar, los más predispuestos, en suma, a marginar el interés general a favor de su ego o conveniencia privada. En palabras de Giovanni Sartori, «las elecciones tenían por objeto seleccionar, pero se han convertido en una forma de seleccionar lo malo, sustituyendo un liderazgo valioso por un liderazgo impropio». ¿Por qué? En su reseña de Nobleza de Espíritu: Una idea olvidada, el superventas de Rob Riemen, Enrique García Maíquez recuerda la metáfora que T.S. Eliott usaba para aludir al que creía el mayor daño que Inglaterra había infligido a Irlanda: «The Flight of the Wild Geese», el abandono de las ocas salvajes, el exilio de sus élites.

¿Dónde están nuestras ocas salvajes? (Porque gansos sí que tenemos). En el año en se cumplen cien años de la publicación de España Invertebrada, tiempo habrá de debatir sobre España y sus élites. Algún debate se ha levantado ya con ocasión del nombramiento de Mario Draghi al frente del gobierno de Italia. Draghi es un hombre de eminente trayectoria al que el parlamento italiano ha encomendado por amplia mayoría enderezar el rumbo de la nave del Estado. Y debe de ser cierto que las comparaciones son odiosas, porque se han oído entre nosotros mohines acerca de la poca legitimidad democrática del ex presidente del Banco Central Europeo (desconociendo acaso que en Italia el último premier que hizo campaña para serlo fue, allá por 2008, Silvio Berlusconi). Seamos serios: la legitimidad de Draghi es tan pulcra como la de cualquier otro gobernante europeo. Por lo demás, nuestro debate no versa sobre legitimidades, sino de saber cómo volver a introducir la variable del mérito y la capacitación en la elección de los líderes, primero del partido, luego del país. De nuevo Sartori: «Ni la representación ni la democracia representativa en su conjunto pueden operar debidamente frente a una cultura que devalúa los valores y cuyo grito de batalla ha sido, en los últimos años, el antielitismo, el rebajamiento de la élite […] el que las elecciones “seleccionen” es una exigencia normativa». Esto es: ninguna nación puede darse el lujo de prescindir de una aristocracia moral, por más plebeya que sea de origen, porque no hablamos de cuna sino de virtud. Los sistemas democráticos harán bien en diseñar mecanismos que ayuden a que el electo y el selecto tiendan a coincidir, en aproximación siempre imperfecta. Ya que si la única variable que importase fuese la legitimidad democrática, el sorteo de los cargos públicos entre ciudadanos también sería un método válido para asignarlos. No, nunca ha sido y nunca podrá ser el selecto quien amenace el bien común, sino, hoy como ayer, el ungido.

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