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El encuentro con el héroe

Los auténticos héroes están escondidos entre la multitud. Aparecen cuando menos les esperas. O cuando les necesitas, si prescindimos del siempre dudoso azar. El sábado pasado llovía sin descanso en Bilbao. Las ciudades deben visitarse en su estado natural y Bilbao merece la lluvia. Desde años atrás deseaba ascender por la ría hasta el puente colgante y atisbar, sin intentar comprender, las míticas distancias entre el margen derecho, dominado por la universidad de Deusto y por los núcleos residenciales de la burguesía y la aristocracia vasca, y el izquierdo, donde han recalado los emigrantes desde los inicios de la industrialización.

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El encuentro con el héroe
Foto: Fred Romero

Los auténticos héroes están escondidos entre la multitud. Aparecen cuando menos les esperas. O cuando les necesitas, si prescindimos del siempre dudoso azar. El sábado pasado llovía sin descanso en Bilbao. Las ciudades deben visitarse en su estado natural y Bilbao merece la lluvia. Desde años atrás deseaba ascender por la ría hasta el puente colgante y atisbar, sin intentar comprender, las míticas distancias entre el margen derecho, dominado por la universidad de Deusto y por los núcleos residenciales de la burguesía y la aristocracia vasca, y el izquierdo, donde han recalado los emigrantes desde los inicios de la industrialización. En la memoria permanecía mi primera visita a Bilbao, acompañando a mi padre en un viaje de trabajo, durante los años más duros. Entonces Bilbao era catalogada como una ciudad inhóspita. Posiblemente lo fuera. Tal vez por mi querencia hacia lo industrial y lo gótico, y aunque apenas tuviera catorce años, me pareció un lugar fascinante, lleno de óxido y decadencia. No olvidemos que por entonces las grúas y las naves de los astilleros llegaban hasta el corazón de la ciudad.

Los héroes siempre se camuflan bajo la normalidad.

El taxista que me llevó hasta el puente era un señor calvo y callado, llevaba gafas de pasta y vestía un impermeable deportivo. Después supe que ya había cumplido 60 años, pero no lo parecía. Los héroes siempre se camuflan bajo la normalidad. No costó mucho que empezara a hablar. Durante el viaje de ida me habló del triste destino de la industria vasca, de cómo los astilleros, que antes llenaban de barcos y barcazas toda la ría, se limitaban a un reducto. Frente a la ventana del taxi, marcada por la lluvia, se sucedían los espacios vacíos, los altos hornos abandonados, las naves muertas cuyas estructuras esperaban el óxido o el desmontaje. Al fondo, tras la primera línea, aparecían Barakaldo, Sestao y Portugalete, con sus torres de viviendas destinadas a los obreros llegados desde toda España, que se sucedían en paralelo por planicies y colinas. A la derecha, en nuestro lado de la ría, se sucedían las zonas verdes y la arquitectura residencial, urbanizaciones ajardinadas, destinadas a una vida plácida. El espacio sobraba, en contraste con el otro margen, donde cada metro poseía una importancia vital. Pura historia de nuestro siglo XX.

Pasamos de largo el puente y llegamos hasta el mar. Sin salir del coche, con la ventanilla bajada, recorrimos Neguri, lleno de caserones levantados con un estilo que replicaba lo antiguo. Casas sólidas, rodeadas de jardines, de las que tantos tuvieron que huir durante los años negros. En pocas ciudades del mundo los patrones y los obreros han estado tan cerca, apenas separados por un tramo de agua, ahora limpio pero en tiempos cubierto por la mugre. Desde el mar iniciamos el regreso y nos detuvimos frente al puente. Era el momento de bajar y despedirse. Pensaba regresar en metro pero el taxista me dijo que la vuelta estaba incluida en el precio. Esperaría a que volviera de la visita, tardara lo que tardara. Me inquietó que no me pidiera el pago, o al menos un adelanto, cuando salí. Podría haberme largado sin dar ninguna explicación. Nunca nos habríamos encontrado. Fue tal la vergüenza que me causó su confianza que, sin que lo pidiera, le di mi teléfono. Quería que se sintiera seguro. La lluvia y la pereza me disuadieron de cruzar al otro margen. Me limité a pasear por la tienda de souvenirs y a contemplar la arquitectura del hierro.

El encuentro con el héroe 1

El Palacio Lezama Leguizamón, en Neguri. | Foto: Eduard Maluquer | Flickr

Cuando regresé el paisaje pasó a un segundo plano. En el primero quedaron la vida del taxista y la de su padre. Empezó a hablar sin que se lo pidiera. Tal vez que regresara le hizo ganar confianza. El padre llegó a Bilbao en los años 50 y durante décadas trabajó 12 horas al día en una fábrica y después, hasta que se derrumbaba, en un puesto de castañas. Creía que su vida no era difícil comparada con sus años jóvenes en una carbonera vegetal del interior, donde hervía madera en pilas de leña, arriesgándose a morir abrasado. Durante sus primeros años, el taxista, sus tres hermanos y sus padres compartieron habitación con otra familia. Dividían el espacio con una manta. Comían en la habitación y se aseaban donde podían. No había agua corriente y la sacaban de una fuente. Su único ocio era reunirse por la noche junto a la radio, nunca solos, siempre con la otra familia, sin salir de la habitación. Se quitaban el frío a guantazos.

La realidad existe y quienes podemos permitirnos dudar de ella somos los privilegiados.

Apenas han pasado 50 años, aún vivimos bajo la sombra de aquellos tiempos. Sin embargo, el padre estaba contento porque supo de tiempos peores, cuando los obreros vivían apiñados en barracones más allá de las colinas, junto a las minas. Mientras avanzábamos por el mismo camino que habíamos recorrido en la ida, bajo la misma lluvia, supe, de repente, lo que ya sabía: la realidad existe y quienes podemos permitirnos dudar de ella somos los privilegiados. Cuando consiguieron mudarse hasta un piso con bañera, el taxista sentía, cada vez que entraba en el agua tibia, que nadaba en una piscina olímpica, que buceaba en aguas eternas. Solo por eso no ha cambiado la bañera de su casa por una ducha. Quiere conservar el recuerdo de aquellos días.

El encuentro con el héroe 2

Una vista de Sestao. | Foto: Joyce Lim | Flickr

Me quedé sin palabras. Sus palabras eran pura narrativa. Me encontraba frente a un escritor que moriría sin saber que lo era. El taxista heredó el puesto de castañas y lo combinó con su trabajo en fábricas y obradores hasta que decidieron cerrarlo. El padre todavía vive, con 95 años, y disfruta de sus nietos y sus bisnietos. Antes de despedirse me dijo que su sueño era ir con su familia a un restaurante de lujo el día que se jubilara. Comer y beber como un rey, como un turista de esos que recoge cada día. Disfrutar de todo lo que se le había negado a él y a su familia durante toda su vida. Nadie tiene derecho a juzgarle. Es su sueño y tras toda una vida trabajando merece sumergirse en el lujo como lo hacía en la bañera. De hecho el gobierno, cualquier gobierno, debería invitarle, a él y a todos los suyos.

Cuando se alejaba me sentí inferior a un auténtico hombre, a un héroe digno de un western, hijo de un héroe aún mayor. Envidié su determinación, su orgullo, ajeno a divagaciones intelectuales y a tormentos íntimos. Supe que esos hombres y esas mujeres son el sostén de España y del mundo. Gente que llega desde los sitios más diversos y allí donde están plantan sus cimientos y construyen su vida. Merecen el descanso y el homenaje.

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