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El espectáculo debe continuar

Foto: YVES HERMAN | Reuters

A pocas horas de que el Parlament se reúna en pleno prescindible queda el apocalíptico paisaje después de la batalla. El espectáculo de estos últimos años no ha podido ser más cañí y cejijunto. De hecho, con la participación de la catequista laica Forcadell, el sempiterno catecúmeno Junqueras y el ruralista granítico Puigdemont, el esperpento de Ruedo Ibérico ha desprendido en todo momento un agrio tufo carlistón y sacristía. Entremedias, para acabar de pespuntear la grotesca narración, no han faltado las puntuales noticias de las andanzas de la Sagrada Familia, capitaneada por la madre superiora, en pecuniaria procesión andorrana. Hemos sabido, asimismo, que el escolanet junior prospera, como buen emprendedor catalán, con su start-up de telecomunicaciones: dedicada concretamente al choriceo con tarjetas de móvil en el talego de Soto del Real. Y es que el instinto de negocio, al igual que la patria, se lleva en la sangre.

Acabando de perfeccionar el plano-secuencia de TV3 por el callejón del gato de la Ciutadella, un lánguido cantautor vinícola (con un árbol genealógico que ya hubiera querido para él mismo el egregio Blas Piñar) se dedicaba a señalar neo-fachas en su cuenta de twitter mientras observaba los debates de la cámara con un gorrito y la curiosidad, un tanto somnolienta, del jubileta acodado en la valla de un edificio en obras.

En pleno aquelarre, la música corrió a cargo de las CUP, ese calimocho ideológico en el que tanto cabe el libertarismo cenetista como el independentismo de corte (de pelo) Kale Borroka, el feminismo a lo Lorena Bobbitt, la violencia cavernícola, el situacionismo lisérgico o el pacifismo comunal, okupa y de risa floja. Todo de buen rollo y mambo. Ese buen rollito que arrastra el casual Antonio Baños por todas las tertulias, charlas y presentaciones que se le pongan por delante, siempre manteniendo esa sonrisa resabida del que, gin-tónic en mano y rumbita en el tarareo, sabe arrimarse a buena sombra cuando estalla la tormenta y pintan bastos.

Poco importa el pleno de mañana pues. La función c’est fini. Kaput. Se acabó. The End. Pero no se entristezcan los amantes del burlesque más desatado, tronado y febril. El espectáculo debe continuar. Y la dialogante Ada Colau promete impagables tardes de farsa y teatro del absurdo.

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