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El espíritu de la cabra

El Credo del Legionario es ese ángel poético con el que se soporta el polvo del desierto, la comida prefabricada, la lejanía del hogar y la novia por carta. Un credo sacado del bushido, ideado por Millán Astray, que es que Millán-Astray no daba para más en lo lírico, pero aquí lo clavó. La Legión, la mejor tropa de infantería del mundo, rindió el miércoles (como todo el Ejército) honores al Jefe del Estado, y lo que queda para el telediario es lo de siempre: la cabra haciendo de cabra frente a la Princesa, que hace de Princesa. España tiene esas cosas: nuestros más avezados mártires quedan para el aplauso de cuatro ‘jubiletas’ cuando desfilan un 12-O o un Jueves Santo.

Es el Día del Desfile, evidentemente, cuando las viudas de coroneles se ‘arrejuntan’ en primera línea de la valla a vocear a peones y banderas. Ese día en Madrid se mezclan olores de pólvora y gotas de perfume ‘Álvarez Gómez’. Al paso de la cabra de la Legión, toda estas provectas pensionistas van pasando revista ‘cachondona’ a la tropa, que estas señoras no perdieron ni perderán el ardor guerrero mientras puedan bajar del ascensor.

Más adelante, siguiendo el desfile, una solterona quiere ver aparecer qué sé yo: a Alfonso XII, a Vicente Parra. O más allá un niño con chapiri, rubio, que no sabe aún lo que son las guardias legionarias, el pelo en el pecho y la cantina como psicoanálisis los días de permiso.

A pesar de esta España enferma, el Ejército desfiló en perfecto protocolo. Caían chuzos de punta de soldadito a soldadito. Contaron las crónicas que en el palco se intrigó lo justo. Lo justo que permitía el aguacero.

También se aprende a servir. A servir la patria y pese a todo/s.

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