Carme Chaparro

El fan de Van Damme

Kim Jong-Un ha decidido dar al mundo occidental un poquito de carnaza, influido quizá por esas películas de su admirado Van Damme.

Opinión

El fan de Van Damme

Kim Jong-Un ha decidido dar al mundo occidental un poquito de carnaza, influido quizá por esas películas de su admirado Van Damme.

Nuestra capacidad de asombro se ha inmunizado tanto estos últimos meses que hemos sido capaces de creer que este personajillo con cara de pan de pueblo ha lanzado a su tío a una jauría de ciento veinte perros que llevaban cinco días sin comer. Los titulares se relamían con la escena, pero todo indica que esa purga a dentelladas no ha existido, con lo que nos quedaremos con las ganas de saber si la “escoria disidente” se les habría intoxicado a los animalitos.

Aunque con Corea del Norte nunca se sabe. El país mas hermético del mundo es el lugar del que somos capaces de creernos casi todo. Cualquier noticia nos encaja en la maquinaria de la única dinastía comunista del planeta, un lugar en el que sus habitantes no han visto nunca un pantalón vaquero ni saben quién era Michael Jackson. Un reino del terror donde uno puede desaparecer por no ejecutar un arirang en perfecta coordinación y sincronía con otras decenas de miles de personas. Una dictadura en la que las grandes obras faraónicas se erigen contra el hambre y las enfermedades de sus veinticinco millones de súbditos, que no tendrán alimentos ni medicinas básicas pero sí inmensos refugios nucleares.

Rodeado de kim-il-sunglias y kim-jong-iglias (las orquídeas modificadas genéticamente para honrar a los amados líderes uno y dos), Kim Jong-Un ha decidido dar al mundo occidental un poquito de carnaza, influido quizá por esas películas de su admirado Van Damme. Nunca antes se habían lavado en público los trapos sucios familiares o políticos (recuerden la supuesta ejecución de la supuesta ex novia del líder por protagonizar también supuestamente películas eróticas), como tampoco antes se había mostrado a la esposa del jefe supremo. 

Quizá sólo sea un ladrido más de un régimen que sólo puede hacer eso, ladrarle histéricamente al mundo. Pero no olvidemos que mientras nos ladra, veinticinco millones de personas sufren sus mordiscos.

 

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