Hermann Tertsch

El fanatismo y la farsa

Una granja ecológica en la que se tortura a los animales, se les deja sufrir en muerte lenta o mutila en plena agonía. Conmoción total, horror absoluto. Ha sido en Francia. En una de esas productoras de carnes especialmente caras porque, como en el caso de las verduras o frutas ecológicas, se paga la plusvalía del amor a la naturaleza que se presupone a unos granjeros que comparten con sus clientes su aversión a los productos químicos tanto como una considerable superioridad moral.

Opinión

El fanatismo y la farsa

Una granja ecológica en la que se tortura a los animales, se les deja sufrir en muerte lenta o mutila en plena agonía. Conmoción total, horror absoluto. Ha sido en Francia. En una de esas productoras de carnes especialmente caras porque, como en el caso de las verduras o frutas ecológicas, se paga la plusvalía del amor a la naturaleza que se presupone a unos granjeros que comparten con sus clientes su aversión a los productos químicos tanto como una considerable superioridad moral.

Un auténtico disgusto se llevarán al ver las terribles y sangrientas imágenes muchos miembros de esa legión de los seducidos por las nuevas modas de masas de la buena conciencia colectiva. Se consideran seres humanos sencillamente mejores, más avanzados y limpios, volcados en el mimo al resto de la creación. Cada vez son más los individuos en las sociedades desarrolladas descreídas que intentan nutrir su autoestima en creencias y observancias de nuevo tipo. Que con códigos de conducta y de deseos convence a sus creyentes de que su bondad y sensibilidad los hace especiales y superiores.

Muchas de las ideas utilizadas en estas modas tienen una base racional. Pero acaban siendo explotadas para el lucro o el capital político y transformadas para tal efecto en códigos de conducta para honrar dogmas que son puras baratijas sustitutorias de las denostadas religiones. Lo que sí han conseguido estas religiones laicas es generar en las mentes de los humanos el mismo grado de fanatismo que las religiones tradicionales, el cristianismo en sus tiempos más oscuros o el Islam, sin ir más lejos, ahora mismo.

El ecologismo es uno de estos fenómenos, con sus incuestionables aportaciones racionales al conservacionismo y a la explotación respetuosa de la naturaleza. Gracias al mismo hay una conciencia general muy superior en las sociedades desarrolladas sobre la necesidad de un trato menos invasivo y más respetuoso en la naturaleza para proteger el medio ambiente. Pero estos fenómenos convertidos en religiones laicas han desarrollado lógicamente sus sectas. Algunas de ellas son feroces. Una es el animalismo, que toma partido incondicional por los animales frente al hombre. Y lo que hace fundamentalmente es odiar al hombre con el pretexto de los animales. Y desarrollar instrumentos para intimidar al ciudadano y obligarle a acatar unos códigos de su propio fanatismo.

No han sido pocos los casos en los que han recurrido directamente a la violencia y al terrorismo. Que todas estas sectas han sido fomentadas por la izquierda es lamentable, pero hasta cierto punto lógico. Porque fracasados el paraíso socialista, con la utopía maltrecha, ha tenido que subirse a todos los trenes de motivación posibles para conseguir no perder una militancia fiel. La mayor parte de los individuos de las nuevas generaciones crecen ignorando todo sobre las certezas y referencias religiosas, morales y culturales que eran dominantes en Europa hace apenas medio siglo. Por eso asumen las nuevas religiones sin tolerancia ni flexibilidad alguna y adoptan actitudes radicales y fanáticas que el cristianismo abandonó hace tiempo.

Este fanatismo lo utiliza la extrema izquierda para sus tareas de intimidación y censura por medio de la presión y el acoso. Para ello le han servido ideas ajenas, ocurrencias y modas, pero también la religión del Islam, que tanta izquierda radical considera ya un aliado objetivo contra su enemigo común, la sociedad libre y abierta occidental.

El ecologismo, el animalismo, el feminismo, el antimilitarismo, y tantísimos -ismos han servido para movilizar a generaciones que difícilmente se dejaban entusiasmar por el socialismo soviético. En España han tenido además el caballo de batalla añadida que es la Fiesta de los Toros. El odio que han logrado generar y movilizar contra los Toros, con virulencia añadida como odio antiespañol en algunas regiones, y también contra la caza, es enormemente eficaz y es utilizado por la extrema izquierda en su lucha cultural. Pero también para la orquestación de “campañas de miedo” de acoso especial en ciertos campos de la vida social en los que logran establecer un veto sobre la conducta de toda la sociedad. Las torturas en la granja ecológica son un horror para toda persona sana y decente. Y son la mayor monstruosidad imaginable en el supuestamente impoluto e impecable bucolismo del mundo marcado por la ideología del ecologismo radical.

En realidad es la metáfora de una inmensa y peligrosa estafa que se nutre de la falta de criterio y el pensamiento débil de una sociedad que busca desesperadamente cobijo en comunidades de creencias y hábitos. Unas sociedades modernas que dejaron de creer en Dios para ponerse a creer en cualquier cosa.

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