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El final de ETA: el ruido y las nueces

Foto: Bob Edme | AP

Ya lo saben, la noticia de la semana ha sido la disolución efectiva de ETA. Mi posición personal es irrelevante, aunque aquí he expresado en otra ocasión que soy favorable a olvidos compartidos para superar las tragedias y los conflictos que dividen las sociedades. También creo que, disuelta la banda armada, no hay motivo para seguir manteniendo políticas penitenciarias especiales, por lo que los presos etarras deberían poder someterse a los mismos beneficios que el resto de los reclusos comunes. Con este preámbulo quizá quiero hacerme perdonar: ello porque estoy en desacuerdo con la mayor parte de declaraciones políticas y opiniones periodísticas expresadas durante estos días sobre el tema. Persisten los malentendidos, muchas veces por pereza intelectual.

Me sorprende, en este sentido, que siga diciéndose que ETA fue solo un grupo armado cuya razón de ser era el nacionalismo o la limpieza étnica. Siendo chaval abundaban en las paredes del barrio las pintadas con la perorata filosófica que se gastaba el entorno abertzale. Tales pintadas eran por lo general una mezcla implacable de nacionalismo y marxismo de última hora. Ya no recordamos que el Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) nació y creció en el marco del mayo del 68, la descolonización y las insurgencias antiimperialistas. Los cabecillas de ETA no siempre fueron los indigentes intelectuales que han dominado la banda en las últimas décadas: cuando en 1990 aparece la primera versión en euskera del Tractatus de Wittgenstein, en la editorial de la Universidad del País Vasco, resultó que su traductor, José Luis Álvarez Santacristina, era también conocido como “Txelis” y durante esos años no sólo se dedicaba a labores de estudio filológico y filosófico en La Sorbona, sino a dirigir ETA junto a “Pakito” y “Fitipaldi”.

Podemos discutir más o menos sobre la coherencia entre nacionalismo e izquierda, pero la retórica revolucionaria ayudó y seguirá ayudando a que tanto en España como en el extranjero se vea a ETA como un “grupo separatista” que perseguía unos fines ensalzables. No nos debe extrañar que con el paso de los años, los casi 900 muertos, las extorsiones y las vidas rotas, se vean como un pequeño detalle en una larga y justa historia de redención nacional. Porque dicha redención no solo tenía componentes aranistas, por así decirlo, sino que se incrustaba siempre en el contexto de los relatos políticos triunfantes. No olviden el párrafo clave del último comunicado de la banda en Francia, en presencia de un grupo de mediadores internacionales a sueldo: “los y las ex militantes de ETA continuarán con la lucha por una Euskal Herria reunificada, independiente, socialista, euskaldun y no patriarcal”. ¿Alguna autocrítica sobre las mujeres que la banda terrorista ha matado o mutilado en todo este tiempo? Esperen sentados.

Resulta también revelador cómo se ha ido disociando, con los años, la dimensión militar y la rama civil que vino sosteniendo la violencia terrorista hasta que la Ley de Partidos acabó con el tinglado. ETA comandaba un movimiento político (MNLV) que, a partir de la llegada de la democracia, decidió ramificarse de manera capilar por toda la sociedad vasca, hasta límites que pocos pueden sospechar. Yo siempre suelo decir que a Herri Batasuna y todas sus marcas posteriores, nunca les hizo falta gobernar en las instituciones para fijar su agenda política. El PNV ha sido el partido de los negocios, la economía y la estabilidad jurídica. Sin embargo, las políticas educativas, lingüísticas o comunicativas han estado profundamente condicionadas por la izquierda abertzale y su amplia red sindical y de movimientos sociales. Euskadi hoy es un país soberano, no solo porque ha conseguido la independencia financiera a través del Concierto, sino porque básicamente ha desconectado mentalmente del resto de España, lo que tarde o temprano nos situará en la misma encrucijada histórica que Cataluña.

Al PNV le costó aceptar este poder dual. No fue hasta el Acuerdo de Lizarra, en septiembre de 1998, cuando finalmente cambió el paso con respecto a ETA y el MLNV. El Pacto de Ajuria Enea, realizado justo diez años antes, fue un compromiso apócrifo entre el nacionalismo moderado y el Estado, a quien en cierta forma se otorgó la misión de intervenir en la enésima guerra civil entre vascos. Esta visión cambió radicalmente una vez que José María Ollora –dirigente del Euskadi Buru Batzar- teorizó la nueva vía hacia la paz: crear un “ámbito vasco de decisión”, que permitiera superar las “violencias” de ETA y de un Estado que había hecho uso de la guerra sucia. Lizarra, que vino acompañado del Plan Ibarretxe, supuso la quiebra de confianza entre los sucesivos Gobiernos españoles y el PNV: la policía autonómica, como documentó Florencio Domínguez, incluso dejó de detener comandos, así que las Cortes elaboraron la Ley Orgánica de Partidos, que acabó por romper el cordón umbilical que unía a ETA con la sociedad. Ese cordón no era otra cosa que la política y la presencia de la izquierda abertzale en los parlamentos y ayuntamientos democráticos
No hace falta continuar con más detalle de esta historia, todos la conocemos. Ahora bien, convendría no seguir mintiéndonos con frases huecas y autocelebratorias del tipo “la sociedad vasca venció a ETA” o “ETA ha sido derrotada porque no ha conseguido sus objetivos políticos”. A ETA la vencieron las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, la cooperación internacional tras el 11-S y la determinación de las instituciones españolas a la hora de imponer la paz civil a través del derecho. El resto fue un largo declive anunciado, que sirvió básicamente para blanquear y humanizar a un movimiento que, más allá del gran daño causado, busca su propia identidad en un entorno político francamente favorable.

En este sentido, creo que ETA y su mundo han vencido moralmente a la democracia española. No porque en Euskadi se haya comprado su relato sobre el final de la violencia, lo cual no deja de ser anecdótico, sino porque sus ideas en torno al carácter falsario de esa democracia, y la Transición que la dio a luz, han sido asumidas por una parte muy importante de la sociedad vasca y española. Diré más: el nacionalismo que se autoproclama (de izquierdas) es el triunfador momentáneo de nuestro momento político, habiéndose convertido en una ideología que pese al oscuro bagaje histórico que lleva a sus espaldas, cuenta hoy con una enorme respetabilidad a lomos de artefactos que creíamos superados, como el derecho de autodeterminación. Quizá el problema fue que durante muchos años pensamos que era necesario disociar fines y medios para luchar contra el terrorismo, sin caer en la cuenta que también era importante discutir la legitimidad de las ideas que sostienen los proyectos políticos violentos. Ahora estamos pagando ese error, y quizá sea tarde para enmendarlo.

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