THE OBJECTIVE
Edmundo Paz Soldan

El frío

Está en los huesos, ese viento polar. Muchas veces nos preguntamos a quiénes se les habrá ocurrido fundar un pueblo en esta región, y no sólo eso, fundar la universidad en la que trabajamos

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Está en los huesos, ese viento polar. Muchas veces nos preguntamos a quiénes se les habrá ocurrido fundar un pueblo en esta región, y no sólo eso, fundar la universidad en la que trabajamos

Vivo en Ithaca, un pueblo en el estado de Nueva York que está más cerca de la frontera con Canadá que de Manhattan. Por eso estoy relativamente acostumbrado al frío extremo. En los largos inviernos, de días en que la noche llega a las 4 de la tarde, es normal ver que la sensación térmica está en -15 grados centígrados. Mi record fue un enero, al salir de un café: -26. A esa temperatura no hay forma de protegerse del frío: uno camina un par de minutos y siente que las orejas están a punto de trizarse y los labios se han congelado. En la casa, la calefacción funciona a toda marcha, pero aun así el frío se las ingenia para colarse por las ventanas: el termostato puede decir 23 grados, pero lo cierto es que las paredes se han enfriado y eso se impregna en el aire. La situación es tolerable, pero uno debe andar con un suéter y meterse en la cama y añadir una estufa al lado. Y contar las horas para que se pase, porque ese viento polar suele irse después de un par de días.

Ahora la sensación térmica ha llegado en Ithaca a -37. Tengo amigos que no han podido dormir. Está en los huesos, ese viento polar. Muchas veces nos preguntamos a quiénes se les habrá ocurrido fundar un pueblo en esta región, y no sólo eso, fundar la universidad en la que trabajamos. Pero la condición humana es así, exploradora: nos expandimos por todas partes y logramos instalarnos en los lugares más hostiles. Es una de las cosas que nos define. De modo que a no quejarnos y a rogar que pase rápido este invierno.

 

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