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El gen cipotudo

Cuenta Enric González en sus Memorias líquidas que Jesús Ceberio, el tercero de los cuatro directores que tuvo en El País, y cuya aspereza en el trato era, al parecer, legendaria, le preguntó en una charla de ascensor si estaba escribiendo algo (o acaso González llevaba el libro consigo, también yo hablo de memoria). El hoy reportero de El Mundo debió de responder ‘Estoy con un libro, sí’ o algo similar. A lo que Ceberio repuso: “Ya, una de esas chorradas tuyas”.

La anécdota me vino a la mente mientras empezaba a leer Vidas cipotudas, de Jorge Bustos. De forma tan injusta como inevitable, el título me sugería una faena de aliño: la hazaña menor que todo buen escritor se permite. La impresión, no obstante, se desvaneció a las primeras de cambio, pues Vidas cipotudas es, además de una soberbia galería de amenidades, un magnífico bestiario español, donde pasado y presente están tan finamente enhebrados que incluso de los retratos de Aguirre o Fray Junípero saltan esquirlas de actualidad. Y ya que hablamos de actualidad: el incidente entre Millán Astray y Unamuno, tan en boga estos días, está cipotudamente esclarecido en el capítulo dedicado al primero (“No fue un enfrentamiento entre los cojones y el cerebro, […] sino entre la razón crítica del librepensador y la razón de Estado del militar”). Se trata de uno de los muchos entuertos que Bustos desface. No en vano, el tema primordial de la obra es, junto al empecinamiento ibérico, la desmitificación de algunos episodios de nuestra historia. O lo que es lo mismo: la verdad, aquí administrada con un gracejo que remite al Carandell de Celtiberia Show, al Antonio Fraguas de Historia de aquí o al Ramón de España de Sospechosos habituales. Y que alcanza cotas de excelencia cuando el autor pisa sus terrenos. Memorables son, en este sentido, las entradas de Alejandro Sawa (¡tan rabiosamente contemporánea!), Juan Ramón Jiménez o José de Echegaray; demoledora, la de Sabino Arana; vibrantes, las de Ramón y Cajal, Martín Cerezo o Clara Campoamor (sí, una cipotuda, pues el cipotudismo no es un rasgo privativo del hombre sino, como diría Valdano, un estado de ánimo).

Me extraña, por cierto, que Bustos no convocara a ningún futbolista en su selección, aunque bien pensado, ¿a quién, si nuestro único cipotudo balompédico nació en Madeira? ¿Y el periodismo? ¿Ha dado algún ejemplar en los últimos tiempos, excepción hecha de los autores que fueron señalados, con más encono que ciencia, en el artículo seminal? Animo a Bustos a explorar esa veta. O, por honrar al género: le lanzo el guante.

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