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El gendarme mercedario

Foto: AFP

El odio terrorista ha golpeado de nuevo a Francia, esta vez en Carcassone y Trèbes. Redouane Lakdim, un joven de 25 años nacido en Marruecos y de nacionalidad francesa robó un coche en Carcassone, matando al conductor e hiriendo al copiloto. Después, a pocos kilómetros, ingresó en un supermercado al grito de “¡Soy un soldado del Daesh!”. Allí acabó con la vida de un dependiente de la tienda y uno de los clientes. Los relatos que nos llegan cuentan que, poco después, el asesino se parapetó detrás de una mujer, usándola como escudo humano.

Uno de los gendarmes del dispositivo desplegado para a acabar con el terrorista, el lugarteniente-coronel Arnaud Beltrame, se ofreció para el mortal intercambio. En pocos segundos, Arnaud pasó de empuñar el arma que podía acabar con el asesino, a convertirse libremente en el broquel de la barbarie. El resto de la historia es conocida de todos: Arnaud murió en el intercambio de plomo que terminó, también, con la vida de Redouane Lakdim.

Cuenta el periódico regional La Dépêche du Midi que en diciembre de 2017, Arnaud había participado en un simulacro de asesinato en masa en un supermercado. En aquella ocasión, es de suponer, ninguna de las opciones del protocolo invitaba a los agentes a deponer su arma y entregar su vida en un permuta más propia de un mercedario que de un gendarme entrenado para matar.

Las reacciones ante un hecho de esa magnitud no se han hecho esperar. Al poco de conocerse la noticia del fallecimiento de Arnaud, Gérard Collomb, Ministro del Interior, publicó en su cuenta de Twitter el siguiente mensaje: “Murió por la patria. Francia nunca olvidará su heroísmo, su valentía, su sacrificio”. Macron y todos los líderes de los grandes partidos franceses han hablado de la heroicidad de Arnaud y de su amor a la patria.

Sin ánimo de juzgar las voluntades o desmerecer los gestos, veo con asombro la abstracción con la que muchos afrontan la entrega de Arnaud, cuando hablan de “un gendarme muerto por la Patria”. Decía Iván a su hermano a Aliosha en uno de los diálogos más conmovedores de Los Hermanos Karamzov que, “en teoría, y siempre de lejos, uno puede amar a su prójimo; pero de cerca es casi imposible. […] Porque para que uno pueda amar a un hombre, es preciso que este hombre permanezca oculto. Apenas ve uno su rostro, el amor se desvanece”. Imaginemos por un momento a Arnaud a pocos metros de Redouane, con un brazo armado y el otro apretando con fuerza el cuello de su rehén mientras confiesa a gritos su entrega total al Daesh, una idea política. La rehén y su historia. La historia de Arnaud y la de su mujer. Las historias de cada uno de los rehenes, las de los dos muertos tirados en el suelo.

Resulta difícil pensar que Arnaud decidiera dar la vida por la moral desencarnada y enjuta del liberalismo, esa que quiere que decidamos a golpe de concepto universal, la moral del “deber heroico que sustituye al fecundo y creador amor”, que diría María Zambrano.

La grandeza de Arnaud no fue la de sacrificarse por la patria o la de haber cumplido con el deber del buen gendarme, sino la de haber amado a aquella mujer y a aquel puñado de rehenes cuyos nombres quizás nunca conozcamos pero cuyas vidas estarán siempre marcadas por ese trueque por el que renacieron.

Celebro las patrias en las que sean posibles experiencias de humanidad tan ricas y potentes, que alumbren muchos Arnauds, muchos hombres y mujeres capaces de quitarle la razón a Iván Karamazov: sí se puede dar la vida por otros.

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