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El Gobierno de la dignidad

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

El nuevo Ejecutivo de Pedro Sánchez se ha presentado ante los españoles como “el Gobierno de la dignidad”. No hace falta ser muy sagaz para intuir el reverso implícito de la afirmación: que el Gobierno del PP al que ha dado relevo era indigno, por más que lo sostuviera la legitimidad de las urnas.

A falta de mejores números que los de Rajoy para liderar la acción política, Sánchez ha trasladado el foco de lo material a lo simbólico, y ha alimentado unas expectativas morales que en pocas horas permitieron la proclamación del nuevo gabinete como “el mejor Gobierno de la historia”.

Sin embargo, si algo aprendimos durante los años en los que la política basada en la evidencia pareció importante, es que las malas conductas se explican mejor atendiendo a la regulación de las instituciones y al sistema de incentivos que promueven que estableciendo categorías morales de políticos y partidos en función de la afinidad ideológica de uno.

Esta realidad, amoral pero tozuda, es la que explica que el Ejecutivo de Sánchez ostente también el récord de fugacidad ministerial: ni una semana ha durado Màxim Huerta al frente de la cartera de Cultura. La crisis desatada por el conocimiento de una sentencia que confirma que Huerta creó una sociedad con el objetivo de eludir impuestos es un buen recordatorio de que competir políticamente desde la superioridad moral implica riesgos.

Es posible que el relato de la distinción ética provea réditos en el corto plazo, cuando todavía deslumbran los flashes de las promesas ministeriales y luce intacta la virginidad del cargo; pero la inflación de las expectativas morales solo puede conducir, mediando el tiempo y el hastío, a la frustración y la melancolía.

El caso Huerta debería servir de memento mori que nos susurrara al oído que todos los políticos, incluso los del nuevo PSOE de Sánchez, no son más que hombres. Y mujeres. También, que la superioridad moral es el primer peldaño de esa escalera al cielo que es el sectarismo. Tal vez así podríamos abandonar la retórica del hashtag moral y de los escrutadores de almas, y volver, como iguales, al Parlamento, donde tantas tareas de reforma y regeneración institucional permanecen pendientes.

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