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El Gobierno del 'confort'

Foto: ERIC VIDAL | Reuters

Con el 1 de julio consumido, hemos llegado al ecuador de los meses sin erre –hallazgo a Gabriel Ferrater debido- y aunque el verano, los largos días, si acaso la fugacidad de El Mundial, mitigan el comienzo de las semanas, no hay tregua para la política. Hace un mes que Pedro Sánchez salió victorioso de la moción de censura que derribó al Gobierno del PP y unos pocos días menos que el optimismo generalizado en la opinión publicada amenazaba con convertirse en una perpetua barrera a la mínima crítica al Ejecutivo entrante. Por suerte para todos, nada hay tan terco como la realidad y el desengaño no se ha hecho esperar: quien no encontró motivos para la indignación con el encuentro de tapadillo entre Sánchez e Iglesias pudo hacerlo con el escandaloso episodio por el control de la izquierda de RTVE; y si uno es muy confiado puede al menos haberse molestado con las manos de Sánchez y sus excesos marketinianos.

Los nombramientos de algunos de los ministros del líder socialista le valieron la disculpa por parte de algunos que le habían afeado ese aterrizaje forzoso en Moncloa, pilotado por la batería de partidos nacionalistas y Podemos, que apoyaron el cambio de Gobierno. Desconozco si algún asesor del presidente fantasea hoy con un nuevo goteo de nombramientos, pero si Sánchez ha decidido fiarlo todo a los gestos, probablemente necesitará un nuevo golpe de efecto para que la ciudadanía obvie unas primeras decisiones que no son sino mensajes de tranquilidad a sus socios. En realidad todos los movimientos de Sánchez se sustentan en una única idea tan perniciosa como absurda que consiste en presentarse ante Iglesias y Rufián como un innato enemigo de la derecha española. El PSOE sabe que todos los compañeros de viaje pueden blandir en cualquier momento los comodines simplificadores de la realidad para tildar a Sánchez bien de carcelero, bien de tercera pata del búnker monárquico o cualquier otra cosa que se les ocurra. Lo han hecho antes con mucha beligerancia –moción de censura de Podemos mediante, incluso- y no existen motivos para que dejen de hacerlo.

Por eso es un error que el PSOE vuelque tantos esfuerzos en evitar algo inevitable. Y es que en el coqueteo con la política de consigna no tiene nada que hacer contra Podemos, como tampoco tiene nada que hacer contra el nacionalismo catalán, decidido a reservarse la amenaza de saltarse la ley y sin reparo a utilizarlo como chantaje en cualquier ‘negociación’. La zona de confort del populismo, del carácter que sea, es envidiable: basta con inclinar el pulgar hacia abajo para señalar al traidor de turno y llamar al cordón sanitario. No es aventurado constatar el peligro que supone que Sánchez coquetee con esa forma de hacer política. Comprendo que debió sentirse muy aliviado en sede parlamentaria la pasada semana, disculpándose ante Rufián y explicándonos a los catalanes que la fractura social y los hechos de un otoño que tardaremos en olvidar fueron culpa del anterior Gobierno de España. Qué tranquilidad debió sentir.

España ya tiene un presidente que considera que la respuesta del Estado al golpe institucional en Cataluña es más responsable en el reparto de culpas de la situación actual. Sánchez hace una distinción entre Estado y partido que le lleva a una conclusión inaceptable. Desconozco si lo hace por convicción o por cálculo político, pero es seguro que el separatismo catalán no participa de ese matiz ni tiene interés en contribuir a proyecto común alguno a día de hoy. Como tampoco Podemos tiene la intención de ser el actor secundario del Gobierno amable que Sánchez pretende abanderar a costa de seguir obviando la realidad: que las promesas felices las paga el contribuyente o que el separatismo ha descartado por enésima vez este fin de semana su renuncia a volver a la ilegalidad. Poco se le puede reprochar a un Gobierno que quiera verse y definirse como bonito, lo que va a volverse imperdonable será su pueril intento de convencernos de que la realidad que rodea a este Ejecutivo es tan bonita como necesitan para seguir sin mancharse demasiado los zapatos.

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