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El golpe de gracia a la España masificada

"España ha construido buena parte de su prosperidad en los gentíos"

Foto: Bernat Armangue | AP

Cuando la propia pandemia nos sigue amedrentando y hasta aterrando, lo que venga después, y más en España, permite una panoplia de escenarios muy ancha pero vencida hacia el lado negativo: digamos que va de la película de distopía futurista y miserable hasta la versión esperanzadora de una reacción internacional vigorosa y osada, como una versión 2020 del New Deal de Franklin Delano Roosevelt que acelere la recuperación de un mundo empobrecido. Ya veremos dónde se clava la flecha lanzada hacia esa panoplia. Pero el caso español es de los más peliagudos, porque venimos de varios años sin gobernación eficaz y por la propia estructura de nuestra economía.

Todo lo que dure el alejamiento social y la desconfianza en las distancias cortas va a ser funesto para nosotros. España ha construido buena parte de su prosperidad en los gentíos: el turismo con sus playas llenas, hombro con hombro y pierna sobre pierna, con sus edificios de apartamentos turísticos enormes y repletos, y los espectáculos –incluidos los que atraen a cientos de miles de provincianos a los musicales de la Gran Vía madrileña-, y el fútbol, y los restaurantes, y los bares…

Ah, los bares. Lo tienen peor que nadie. En sus pequeños espacios, intentar establecer distancias entre las personas supone arruinar el negocio. Los restaurantes –cuyo número había aumentado desproporcionadamente en los últimos años de euforia en Madrid y Barcelona- podrán en bastantes casos establecer sistemas de alejamiento entre mesas y clientes aceptables y tolerados, pero con un recorte sustancial de su negocio, de sus empleados y de sus ambiciones.

Llama la atención el número muy limitado de casas de comidas de las grandes ciudades, entre las que hasta ahora no ofrecían ‘take-away’ ni entregas a domicilio, que lo están intentando para capear este temporal: las iniciativas de Gofio, De la Riva, A Vànvera y demás en Madrid han sido la excepción, no la regla. Muchos lo lamentarán, porque será una de sus vías de supervivencia. Muchos desaparecerán; algunos ya han cerrado definitivamente sus puertas.

A más largo plazo, en un mundo ideal en el que todos los ciudadanos estén inmunizados o vacunados, será más imaginable un retorno a fórmulas de turismo y entretenimiento masificadas y más parecidas las actuales. Pero será en un mundo con mayor pobreza que la actual en el que ya no podrán precipitarse hacia Benidorm o Magaluf gentíos de europeos de clases medias y bajas, entre otras cosas porque las clases medias van a agudizar con esta tragedia su empobrecimiento de los últimos decenios. Y porque la renovada preocupación medioambiental va contra los viajes largos y la aviación comercial.

Así estamos contemplando el futuro en abril de 2020. Esperemos tener que rectificar con alivio en abril de 2021.

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