Manuel Arias Maldonado

El gran comodín

Ya se trate de una mesa redonda, una conversación de sobremesa o un trayecto en taxi, la fórmula es infalible: para no pelearse y terminar con una dosis reconfortante de indignación, basta con apelar a la educación y su reforma, solución a todos los problemas conocidos y por conocerse.

Opinión

El gran comodín
Foto: Francisco Seco
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Ya se trate de una mesa redonda, una conversación de sobremesa o un trayecto en taxi, la fórmula es infalible: para no pelearse y terminar con una dosis reconfortante de indignación, basta con apelar a la educación y su reforma, solución a todos los problemas conocidos y por conocerse. ¡Ahí está la clave! Jugando a ser Rousseau: si se formara a Emilio en los valores correctos, otro gallo cantaría. He aquí el gran comodín conversacional, la jugada que todos hacemos al final, la frase que nos hace sentir como aquel policía de Kafka que quería quedarse a solas con su sonrisa.

De ahí que el pacto de Estado correspondiente se haya convertido en la ballena blanca del sistema político español. Perseguido con presunto ahínco y reclamado en apariencia por el entero cuerpo social, se ve frustrado una y otra vez para desesperación de las futuras generaciones. El último episodio de este melodrama sociopolítico tiene como protagonista al llamado «MIR educativo», acerca del cual parecía existir un notable grado de acuerdo. Se trataba de implantar un sistema similar al que siguen los médicos después de su graduación, con objeto de mejorar la mejorable formación de los docentes. Hasta las metáforas parecían alineadas, pues el médico que sana al cuerpo enfermo no está muy lejos del profesorado que, instruyendo a sus pupilos, revigoriza el tejido de una sociedad envejecida.

Sin embargo, y como es norma, el acuerdo inicial está haciendo agua. Aunque los expertos en la materia e incluso el Consejo Escolar del Estado han recomendado su implantación, en línea con los consejos de la UE y la OCDE, los sindicatos y los partidos de izquierda rechazan ahora la idea y está por ver que que la comunidad educativa acepte semejante innovación. Otras veces la negativa tiene otros protagonistas, pero siempre tiene alguno. No es sorprendente. Ya vemos que la calidad de la enseñanza es el último de los criterios invocados en el debate sobre las escuelas catalanas; la ideología va primero.

Ideas no faltan: la experiencia internacional las proporciona de sobra. Y se diría que concurre la necesaria «voluntad política». ¿O no? ¿Tiene la clase política española la altura de miras necesaria para gestar una reforma significativa luchando contra los intereses creados en el sistema? Más aún: ¿quieren de verdad los españoles esa reforma? ¿Hay o no «voluntad social» suficiente? Porque quizá preferimos seguir tirando. Y guardarnos, claro, la mejor carta en la manga.

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