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El héroe que podemos soportar

A un deportista con alma de campeón, la plata y el bronce le saben a derrota. El héroe es voraz. O César o nada. Sabe que no existe la subgloria. La sonrisa social de quien ha perdido el oro, no tiene nada que ver con la alegría legítima de quien lo luce en el pecho. The winner takes it all, cantaba Abba.

Y sin embargo… algo está cambiando en el comportamiento externo del triunfador. En cuanto puede, controla el arrebato de entusiasmo y se pone a repartir el pódium con su entrenador, su equipo, su familia, con España entera…. empeñado en democratizar el Olimpo.

En Río hemos visto cosas que hace poco tiempo hubiéramos creído imposibles. Hemos visto llorar a periodistas veteranas; a una corredora olvidándose de la competición para ayudar a otra que se había caído; a dos gemelas cruzar la línea de meta cogidas de la mano; a enamorados venteando su amor… incluso a las jugadoras de un equipo campeón consolando a besos a una rival derrotada, porque había fallado el penalti que les había dado la victoria. ¿Meras anécdotas o la confirmación de que la democracia desconfía de cualquier héroe que no sea anónimo? A los campeones olímpicos les espera un cheque sustancioso entregado con discreción y una portada en la prensa, pero que no esperen competir con los famosos, que son los verdaderos héroes democráticos.

Desde la atalaya de Die Fackel, Karl Kraus observó que Europa se estaba quedando sin canciones heroicas y que intentaba suplir su ausencia con informaciones periodísticas y, por lo tanto, efímeras.

No es que no admiremos a los genios, es que nos gusta creer que la genialidad es accesible a todos; que todos podemos ser los primeros; así que, ya que los héroes nos refutan, que lo hagan con humildad. Pero las suspicacias hacia el heroísmo son una mala noticia para la democracia. Aristófanes nos enseñó que un pueblo que no sabe reconocer a sus héroes, acaba elevando al poder a un vendedor de salchichas o intentando que los niños aprendan a saltar a la comba sin cuerda, para no frustrar a los torpes (conozco la escuela que lo intentaba: lo llamaba fomento de la autoestima).

Decía Carlyle que no podemos mirar a un héroe sin obtener alguna ganancia. No podía sospechar cuánto nos molesta hoy esto. Nos cuesta sobrellevar la tristeza del bien ajeno, especialmente cuando éste se ha ganado con esfuerzo en las horas de descanso colectivo.

Y los héroes lo saben.

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