Daniel Capó

El hijo pródigo

No se puede interpretar una época sin tener en cuenta su sentido del tiempo, nos advierte el filósofo Rémi Brague en Moderadamente moderno. Sospecho que tiene razón. El invierno demográfico hace patente los innegables rasgos distópicos de nuestra actual percepción del futuro. La modernidad se ve a sí misma desligada del pasado, al cual ya no reconoce autoridad alguna, más allá de un uso victimista de la Historia que busca a menudo reforzar las trincheras divisivas de la identidad. Queda entonces el presente, como un dios sanguinario que exige una cuota de sacrificios ante su altar.

Opinión

El hijo pródigo
Foto: Eduardo Verdugo
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

No se puede interpretar una época sin tener en cuenta su sentido del tiempo, nos advierte el filósofo Rémi Brague en Moderadamente moderno. Sospecho que tiene razón. El invierno demográfico hace patente los innegables rasgos distópicos de nuestra actual percepción del futuro. La modernidad se ve a sí misma desligada del pasado, al cual ya no reconoce autoridad alguna, más allá de un uso victimista de la Historia que busca a menudo reforzar las trincheras divisivas de la identidad. Queda entonces el presente, como un dios sanguinario que exige una cuota de sacrificios ante su altar. Haciendo suya una idea de Charles Péguy, Brague incide en la condición parasitaria del proyecto de la modernidad: «El mundo moderno –observó Péguy en 1914– es esencialmente parásito. Sólo saca su fuerza, o su apariencia de fuerza, de los regímenes que combate, de los mundos que ha empezado a desintegrar».

El parasitismo puede entenderse también en paralelo a la conocida parábola del hijo pródigo. De repente, una sociedad, una cultura, una civilización decide disfrutar de todo el capital acumulado, deshacerse de él y consumir las reservas del futuro en nombre del presente. De este modo, anticipa una destrucción sólo atemperada por el optimismo de la ciencia, que anuncia un mañana quimérico.

“No os preocupéis por el futuro porque seremos inmortales y la tecnología proveerá”, se nos dice, mientras proseguimos nuestro trabajo de termitas: el cultivo de las identidades ha roto la cohesión cívica, el lenguaje se ha empobrecido, los valores han sustituido a las virtudes, la deuda corroe las perspectivas económicas de nuestros hijos y de nuestros nietos, el malestar se propaga a veces incluso de forma violenta, se pone en duda la democracia, las emociones fuertes se convierten en fuente de derecho y los estándares caen. Por supuesto, se dirá, nada es definitivo salvo la muerte. Pero la pregunta por las consecuencias últimas del nihilismo sigue siendo hoy tan acuciante, como cuando se planteó por primera vez hace ya unos cuantos siglos.

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