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El imperio del emotivismo

"Vivimos en un auténtico imperio del emotivismo; y lo malo es que este a menudo nos gobierna con modos dictatoriales"

Foto: STEFAN WERMUTH | Reuters

Todo el mundo auguraba al profesor Stevenson un brillante futuro académico. Graduado en Yale y luego en Cambridge, donde colaboraría con pensadores de la talla de Wittgenstein o Moore, había llegado a doctorarse como filósofo en Harvard. De modo que cuando en 1939 tornó a la Universidad de Yale, esta vez como docente, y dio muestras de una envidiable habilidad para publicar obras de cierto fuste, parecían atendibles cuantos le presagiaban un veloz ascenso por la jerarquía profesoral. De hecho, estaba previsto que obtuviera su plaza titular en 1946.

Sin embargo, esto nunca llegó a ocurrir.

El motivo para ello fue un peculiar entrelazado de causas históricas y filosóficas. Causas históricas: la II Guerra Mundial, que coincidió con los años que Stevenson ejerció en Yale. Causas filosóficas: el profesor Stevenson había logrado cierta fama a lo largo de los Estados Unidos como defensor del emotivismo ético. Es decir, de la idea de que detrás de nuestros enunciados morales, detrás de cuando decimos “No mates” o “No violes” o “No mientas”, no hay ninguna verdad ni ninguna razón: solo emociones. Está la emoción que sentimos cuando pensamos en un asesinato (una sensación negativa, normalmente: por eso prohibimos matar); está la emoción que queremos suscitar en aquel a quien lanzamos ese mandato (negativa también, de ahí que se lo prohibamos); pero no hay nada más. Asesinar no es en sí mismo bueno ni malo; o, mejor dicho, asesinar es malo, pero eso solo significa que me hace sentir mal y espero que a ti también. Nada más.

Por desgracia para Charles L. Stevenson, creer que el bien y el mal solo dependen de cómo se sienta uno sonaba un tanto chocante justo en los años que siguieron al Holocausto. ¿Lo único malo del exterminio nazi fue que, uy, mira cuán mal me siento mientras me lo estás contando? Si afirmo que aniquilar a judíos, homosexuales, gitanos, etcétera, es perverso, ¿solo estoy hablando de mí mismo y de mi exquisita sensibilidad? ¿Un poco como cuando hablo de qué repugnantes estaban los macarrones que cené ayer? ¿Tan solo intento, en uno y otro caso, que tú te sientas igual de mal que yo? Al hablar del horror de los campos de exterminio, ¿no estoy afirmando nada sobre el mundo, sobre quienes cometieron tamañas bestialidades, sobre la dignidad mancillada de las víctimas? ¿De verdad no estoy diciendo nada acerca de semejantes actos, salvo que a los nazis les divirtieron y a mí, en cambio, no?

Yale rehusó incorporar a su claustro a alguien que pensara así en 1946. Por ello, Stevenson hubo de mudarse y proseguir el resto de su carrera lejos, allá junto a las orillas del lago Míchigan. Ahora bien, la anécdota recién relatada ¿no resulta un tanto irónica hoy día? Setenta y tres años más tarde, ¿acaso no nos cuesta entender que a Stevenson se le castigara… cuando hoy la inmensa mayoría de los occidentales piensa y actúa como si Stevenson hubiese tenido siempre toda la razón?

En efecto, si hoy charlamos sobre el bien o el mal con cualquier europeo, a menudo lo único que escucharemos serán apelaciones sentimentales. “Eso es malo porque a mí me parece malo”, “eso es bueno porque así lo siento yo”. Incluso cuando se quiera convencer a alguien de que se porte mejor, se acudirá a menudo a sus emociones: “¡Ten empatía con Fulanito!”, se le dirá si queremos que haga el bien a Fulanito; “¿cómo pudiste no sentirte empático con Menganita?”, le reprocharemos, suponiendo que fue una falta de emoción (empática) lo que condujo a su acción.

Comer animales es malo porque, ay, qué mal me siento si veo que los matan; de hecho, es peor matar un cabritillo, tan mono, que una rata, solo porque mis sentimientos hacia el primero son más cálidos que hacia la segunda. Si nos preocupa el medio ambiente, exponemos a una chica a los focos del mundo porque ya se sabe que los menores son capaces de hurgar mejor en nuestro sentimentalismo; si alguien nos recuerda que pertenece a cualquier minoría, nos apresuramos a darle la razón enseguida, porque las razones no importan y sí esa emoción compasiva que, de marchar todo bien, nos suscitará.

Vivimos en un auténtico imperio del emotivismo; y lo malo es que este a menudo nos gobierna con modos dictatoriales. Es esta una de sus paradojas más cómicas. En principio, cuando nos dijeron que la moral solo versaría acerca de nuestros sentimientos, parecería que iba a propiciarse la libertad de cada cual para sentir como le petara acerca del bien y del mal. Mas fue solo un espejismo: puesto que habíamos elevado la emoción al trono supremo, se desplegaron de inmediato múltiples tácticas para influir a esa nueva emperatriz.

Se redobló la insistencia en educar a las nuevas generaciones no solo para que aprendan cosas, sino también para que sientan del modo correcto. Los políticos se adjudicaron de inmediato el deber de influirnos mediante soflamas y campañas publicitarias, siempre con el fin loable de que nuestros sentimientos fueran como deben ser. Se coartó la libertad de expresión cada vez que esta pudiera suscitar sentimientos inadecuados (tanto en ofendiditos como en escandalizaditos). Y si, pese a toda esta presión, alguien aún pareciera mostrar las emociones incorrectas, se le despreciará como un réprobo al que se niega toda posibilidad de explicarse: ¿no habíamos quedado en que solo las emociones, y no las explicaciones o razones, contaban ya? Incluso insultarle estará justificado (¡viejo triste, miserable, echado a perder!): a ver si así por fin se siente mal por opinar como opina y empieza a hacerlo como quiero, como siento, yo.

No es agradable vivir en un mundo en que solo cuentan ya las emociones, salvo que tengas la suerte de que las tuyas coincidan con las de la masa; o, al menos, te hayas esforzado por hacerlas coincidir.

El imperio del emotivismo es tan opresivo que hoy muchos han olvidado que exista siquiera una alternativa a su reinado. “Pero es que acaso”, se preguntan, “¿hay alguna forma de hablar de ética que no sea aludir a nuestras emociones, a cómo quiero que te sientas, a las meras sensaciones de repugnancia o agrado que nos suscitan los actos de cada cual?”. El emotivismo ha borrado de nuestra memoria que a veces hemos de cumplir con nuestras obligaciones, aunque no sintamos nada al hacerlo, y que algunas cosas es necesario hacerlas no porque yo me sienta así o asá con ellas, sino simplemente porque son mi deber. Ha borrado que hay justicia e injusticia más allá de lo que a mí o a los míos nos parezca; ha borrado que hay formas de configurar tu vida que resultan esplendorosas y otras deplorables: pero no porque a mí me guste igual que me agrada lo moreno que te has puesto o ese modo peculiar que tienes de reírte, sino porque te ennoblecen o degradan de por sí.

El emotivismo nos ha dejado con un lenguaje moral muy parco: “Me gusta/no me gusta”, “quiero que te guste/quiero que te disguste”, y pocos vocablos más. Decía Wittgenstein que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”; esto se ha vuelto acuciantemente válido para los estrechos límites de nuestro lenguaje moral. Apretados en ese pequeño mundo de los gustos y los disgustos, contemplamos entre despreciativos y envidiosos a los grandes hombres del pasado, que aún creían que existía el bien, el mal, el deber absoluto, la excelencia, la bajeza y la justicia. Y lo argumentaban y lo escribían. Vivían por ello e incluso, a veces, aceptan por ello morir.

Pues al igual que la luz de una llama se refleja en mi retina, pero no existe solo dentro de mi cabeza, también la luminosidad del bien me suscitará unas u otras emociones, pero estas responderán a algo más allá de mis idolatrados sentimientos. Y de los tuyos. Porque la vida es algo más que un muro de Facebook en que pulsar “Me gusta” o “Me enfada”. La vida va en serio, aunque uno siempre lo empieza a comprender demasiado tarde.

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