Joseba Louzao

El independentismo y el síndrome Caraboo

Érase una vez, en un tiempo ya lejano para todos nosotros, una princesa que vagaba por las vacías calles de una pequeña población del condado de Gloucestershire. Nadie fue capaz de reconocer a aquella desconocida muchacha en una tarde cualquiera del mes de abril de 1817. La mujer de un zapatero local la encontró desorientada, pero no podía comprender lo que le tenía que decir. La joven hablaba solamente un idioma exótico e irreconocible. Aunque su aspecto exterior era el de una vagabunda, no lo parecía. Las autoridades locales no sabían qué hacer y, sobre todo, no tenían ni idea de dónde podría proceder. Con mucho esfuerzo, todos creyeron entender que la joven respondía al nombre de Caraboo.

Opinión

El independentismo y el síndrome Caraboo
Foto: ERIC VIDAL| Reuters
Joseba Louzao

Joseba Louzao

Historiador especializado en el mundo contemporáneo y profesor universitario. Bilbao, 1983.

Érase una vez, en un tiempo ya lejano para todos nosotros, una princesa que vagaba por las vacías calles de una pequeña población del condado de Gloucestershire. Nadie fue capaz de reconocer a aquella desconocida muchacha en una tarde cualquiera del mes de abril de 1817. La mujer de un zapatero local la encontró desorientada, pero no podía comprender lo que le tenía que decir. La joven hablaba solamente un idioma exótico e irreconocible. Aunque su aspecto exterior era el de una vagabunda, no lo parecía. Las autoridades locales no sabían qué hacer y, sobre todo, no tenían ni idea de dónde podría proceder. Con mucho esfuerzo, todos creyeron entender que la joven respondía al nombre de Caraboo.

El misterio de su identidad se mantuvo durante días hasta que un oportuno marinero portugués consiguió entenderla. Era un princesa de un lugar llamado Javasu, que estaba situado en el Océano Índico. Había sido secuestrada por una horda de piratas, pero había logrado escapar de los mismo al saltar del barco cerca del canal de Bristol. El magistrado del condado la alojó en su casa con todos los honores posibles. La princesa Caraboo se convirtió en una exótica pieza venida de tierras misteriosas. Su historia se hizo célebre en las páginas de la prensa y engatusó a la aristocracia británica, que organizaba fiestas para conocerla. Sin embargo, la popularidad que alcanzó desencadenó el fin de esta leyenda. Una antigua conocida descubrió la mentira. Realmente se llamaba Mary Baker y era la hija del zapatero. Se habían inventado la historia para conseguir sobrevivir de una forma holgada.

Desde hace años, de vez en cuando, vuelvo a recordar esta triste historia como testimonio de lo fácil que es caer en un engaño colectivo. El síndrome Caraboo es un peligro para nuestras democracias. Ya lo habíamos visto antes. Los episodios más recientes habían sido la victoria de Trump y el sorprendente éxito del Brexit. Ahora lo estamos viviendo en Cataluña. Durante años se ha ido construyendo una ficción alimentada por decenas de mentiras. Políticos y especialistas fueron creando un relato torcidero en el que se destaca que la independencia haría caer un maná inagotable sobre el nuevo país. Muchos catalanes cayeron bajo el encanto de lo imposible: querían creer. Y no deja de resultar sorprendente la respuesta, porque la única promesa que no se llegó a hacer fue la de tener una pareja de unicornios en cada zoológico catalán. Sin embargo, y aunque la realidad haya vapuleado las endebles bases de la narración fundacional, el independentismo no es capaz de espantar el síndrome Caraboo.

Se puede discutir sobre las medidas judiciales tomadas. Los propios expertos no se ponen de acuerdo sosteniendo buenas razones a ambos lados. Pero, sobre todo, no podemos olvidar el camino recorrido hasta el momento. Si algunos de los consejeros depuestos del Govern están detenidos hoy es por su manifiesta irresponsabilidad. Creyeron estar legitimados, con una exigua mayoría, para saltarse las leyes, cuartear el pluralismo político catalán y, según los indicios, malversar fondos públicos para financiar su propia campaña hacia ninguna parte. Todos los actos tienen sus consecuencias, incluso penales. Sin embargo, no es difícil aventurar que seguiremos asistiendo a un baile entre quienes engañaron, quienes se dejaron engañar, quienes fueron engañados desde el desconocimiento y quienes están pagando las consecuencias de semejante viaje. Aún queda mucho para comenzar esta historia con un “érase una vez un president de Cataluña…”.

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