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El invitado del Papa

"Parece adecuado recordar en estas fechas la persecución "real" que padecieron y siguen padeciendo los "malvados" cristianos en el siglo XX y lo que llevamos del XXI"

Foto: Luigi Costantini | AP

«Más de cien millones de cristianos han muerto como víctimas de islámicos y comunistas en el recién pasado siglo XX, en medio del silencio más cuidadoso de un mundo que cotillea a diario cualquier cosa.» Esto lo escribía José Jiménez Lozano en un artículo hace justo un año. Por su parte, el exprimer ministro británico, David Cameron, se expresó en estos términos en su discurso de Navidad del 2015.

«La Pascua es la ocasión para los cristianos de celebrar el triunfo definitivo del amor sobre la muerte, con ocasión del nacimiento de Jesús. Como país cristiano tenemos el deber de levantar nuestras voces contra la persecución de los cristianos en el mundo. Es realmente dramático el hecho que en 2015 todavía haya cristianos amenazados, torturados e incluso asesinados por causa de su fe, desde Egipto a Nigeria, de Libia a Corea del Norte. En Oriente Medio, los cristianos se han visto asediados hasta ser expulsados de sus hogares, forzados a huir de una población a otra, verse forzados a renunciar a su fe o asesinados brutalmente. A todos los cristianos en Irak o en Siria que practican su fe o que dan cobijo a otros debemos decirles: Estamos a vuestro lado. »

Estas declaraciones contrastan vivamente con la aparente indiferencia de la Iglesia católica ante ese problema, más preocupada por sus 200 años de atraso y sus supuestos desmanes del pasado. Por eso, parece adecuado recordar en estas fechas la persecución "real" que padecieron y siguen padeciendo los "malvados" cristianos en el siglo XX y lo que llevamos del XXI y voy a apoyarme, además de en estas palabras que me sirven de punto de partida, en una novela de Vladimir Volkoff, publicada hace ya unos años: El invitado del Papa.

Volkoff (1932-2005), es un escritor francés de origen ruso que estudió letras en la Sorbona y fue profesor de lengua y literatura francesa y rusa en los Estados Unidos. También fue militar en Argelia y miembro de los servicios secretos. Autor de algunas famosas novelas, en las que mezcla espionaje, religión y política (El agente triple, El montaje, La reconversión), la que ahora me interesa versa principalmente sobre temas eclesiásticos, aunque más centrados en la Iglesia ortodoxa que en la de Roma, cuyas similitudes y diferencias el autor conoce y expone a la perfección. Está basada en un hecho real, ya que es cierto que, tres días después de su consagración, el 3 de septiembre de 1978, y poco antes de su repentina muerte, el papa Juan Pablo I, recibió al arzobispo Nikodim, metropolitano de Leningrado. que murió en sus brazos durante la audiencia.

En torno a estos sucesos, Volkoff desarrolla una intriga que involucra en ambas muertes al KGB, la mafia, la masonería y la banca. El autor tiene un conocimiento exhaustivo de la historia de la Unión Soviética y de sus servicios secretos, lo que refrenda su autoridad en la materia, pero la novela tiene el valor añadido de introducirnos con entera fiabilidad en la liturgia y los dogmas de la Iglesia ortodoxa rusa, así como de darnos datos contrastados y fidedignos de la persecución religiosa en Rusia durante la etapa soviética. De esto último he sacado los siguientes datos:

Bajo Lenin y Stalin la persecución a la iglesia en Rusia fue sangrienta, pero sin conseguir exterminarla, por eso, en los sesenta, Kruschev decidió asfixiarla. Se hostigaba a los monasterios con altavoces que tronaban a sus puertas consignas antirreligiosas; para conseguir una iglesia que funcionase tenía que crearse una asociación cultural y debían costear la reparación de antiguos lugares de culto desafectados; a los seminaristas se les negaban las prórrogas militares y no recibían autorización de residencia en las ciudades donde estaban los seminarios. Si visitaba a sus feligreses en su domicilio o si un recién nacido al que hubiera bautizado moría de alguna enfermedad, el sacerdote iba a la cárcel.  La prensa también colaboraba: “El deber de todo monitor es manifestarse como un propagandista activo del ateísmo”, “Toda presión religiosa sobre una persona no adulta debe estar castigada como un crimen de derecho común”. Una sola alusión religiosa en la escuela bastaba para que se enviara al sujeto a un año de trabajos en un campo de reinserción.

El número de iglesias abiertas a finales del Antiguo Régimen era de más de 50.000; a la muerte de Stalin, 30.000 y en 1962, menos de 12.000. No obstante, el número de bautizados apenas bajó de cien millones. Se trataba de bautizos oficiales o clandestinos, realizados por abuelas y vecinos. Al final del Antiguo Régimen había 163 obispos en Rusia, de los cuales 130 fueron asesinados, torturados, deportados o murieron de hambre. La cifra total de cristianos ortodoxos muertos por su fe, desde 1917 hasta finales de los años veinte es de 300.000, diez veces más que el número total de mártires habidos desde el principio del cristianismo, con las persecuciones de Nerón, Decio, Diocleciano, a las que hay que añadir las provocadas por el Islam, Japón, los indios, África, la Revolución francesa y la guerra civil española, que fueron 30.000. «Si el martirio de Rusia tiene un lugar destacado, ese lugar es la Lubianka, el Coliseo de los tiempos modernos», concluye Volkoff en su admirable novela.

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